“This is precisely the time when artists go to work. There is no time for despair, no place for self-pity, no need for silence, no room for fear. We speak, we write, we do language. That is how civilizations heal.”
-Toni Morrison

miércoles, 8 de febrero de 2017

El pulso creativo en la escritura




"La creación de algo nuevo no se logra con el intelecto, sino por el instinto lúdico que actúa desde una necesidad interior. La mente creativa juega con los objetos que ama."
 -C.G. Jung





¿Por qué escribir? Con el tiempo he comprobado que uno no hace nada que no necesite hacer. Si estás picado viendo una película, no te levantas al baño ni te sirves algo de comer. Te levantas porque tienes que ir al baño o porque tienes hambre. Los seres humanos vivimos al límite. Si por nosotros fuera, viviríamos debajo de un árbol, encuerados, comiendo y romanceando todo el día. Nadie se hace carpintero/médico/cantante por puro gusto. Es la necesidad la que nos levanta y nos mueve.  He descubierto que algo igual de básico sucede con la escritura. Si no necesitas escribir, difícilmente vas a hacerlo. No es algo que se decide racionalmente.
            Tengo la teoría de que vivir inmerso en una actividad creativa es como estar enamorado. Y el rasgo clave de estar enamorado, a mi modo de ver, es la necesidad física e imperiosa de estar cerca del ser amado. De nuevo: no es algo racional. No te enredas con alguien porque "sería muy conveniente que yo me acercara a esa chica, es de muy buena familia y siempre trae muy limpios los zapatos, mi madre opina que sería una gran pareja". Si te enredas con alguien por ese tipo de razones, es muy probable que esa relación fracase. No puedo afirmar que escribir sea algo que sale "del corazón" y no de la mente. Yo creo que sale de todo junto. Pero no es algo racional, no puede calcularse ni decidirse  fríamente. 

Todo aquello que requiera una constancia férrea, requiere pasión. Y la pasión no significa que algo te carcoma y te azote y te haga llorar y te rasgues las vestiduras. La pasión es algo mucho más sutil y silencioso y se reduce, simplemente, a que no puedes vivir si no lo haces. Sólo de esa manera puedes dedicar todo el tiempo/vida que requiere hacerte de la auténtica investidura de tu pasión sin tirar la toalla.

Así que debería comenzar por pedirles disculpas. Si pensaban que yo iba a llegar a decirles que todos los que están aquí van a ser escritores y contarles las fórmulas para hacerlo (fórmulas que, por cierto, se venden mucho en las librerías), me temo que no va por ahí la cosa.  

Pero no todo está perdido. ¿Alguien vio Ratatouille? Anyone can cook. Es cierto. Anyone can write? También. Por supuesto que sí. No todo el mundo tiene la necesidad de hacerlo y por lo tanto no todos van a convertirse en escritores, igual que no todos tenemos la necesidad imperiosa de cocinar, que es mi caso. Yo jamás seré una cocinera decente, porque me acerco a una estufa y me pongo a temblar de angustia. Lo que SÍ tenemos todos y cada uno de los seres humanos de esta Tierra, son dos cosas: Uno: la necesidad básica e intrínseca de compartir cosas con los demás, de expresarnos de alguna manera. Todos tenemos un pulso creativo. Si no todos tienen tan claro a través de qué medio expresarlo, es porque vivimos en una sociedad que exige resultados, productividad, trabajo, números. Y no hay cosa que sepulte más un impulso creativo que las exigencias de un mundo que se rige bajo palabras como "éxito", "competitividad", "performance" y términos por el estilo. La segunda cosa que todos los seres humanos tenemos, es que nos regimos por hábitos y logramos casi cualquier cosa a punta de repetición. Con lo cual, si uno sabe reconocer aquello que ama hacer para transmitir y compartirse, tiene muchísimas posibilidades de ejercitar el músculo hasta lograr la habilidad para que eso se convierta en su quehacer.

No es mi intención dar aquí orientación vocacional, pero si desde ahorita les gusta muchísimo algo, háganle caso. Por loco que suene. No soy tan vieja, pero tampoco soy tan joven, y esta es una de las lecciones de vida más grandes que he aprendido. Les voy a contar cómo fue mi caso.

Todo indicaba que yo iba a ser una chica muy conservadora. Nací en una familia católica, fui a una escuela de monjas y tocaba la trompeta en la estudiantina. Por esas mismas épocas también fui animadora de campamentos, me puse a estudiar un diplomado de Filosofía los fines de semana y ya tenía rato ejercitando la más intensa de mis prácticas obsesivas: escribir. Empecé cuando era muy chiquita. Mis padres se separaron y yo pasaba mucho tiempo sola. Los cuadernos se volvieron mi refugio. Los rellenaba a tope con dibujos e historietas donde siempre me proyectaba como adulta. 



Yo tenía mucha prisa por crecer. Tengo dos hermanas que me llevan muchos años, y siempre tuve urgencia por alcanzarlas. Una de las cosas que les copié fue llevar un diario, que comencé a los trece años y no he abandonado hasta hoy. Ahí descubrí un espacio íntimo e intransferible donde podía traducir el torrente interior que a veces sentía que me rebasaba. Gracias a la escritura pude observar mi mente y perderle el miedo.



            Yo no sabía que eso iba a convertirse en mi oficio. Me costó mucho elegir carrera, y me decidí por comunicación. Creo que hice bien. La carrera me dio, como dicen, una "embarrada" de todo lo que me interesaba, pero sobre todo me dio la claridad de que yo NO servía para dirigir ni producir ni hacer fotos, ni fijas ni en movimiento. Yo para lo que era buena era para escribir. Comencé a trabajar desde el cuarto semestre (estaba becada en la Ibero, si no, nunca hubiera podido costearla); tomaba clases en las mañanas y después agarraba mi coche, que se descomponía a cada rato, para irme a que me explotaran en toda clase de oficios. Gradué anteojos, edité off line en un cuartucho, me piqué los ojos en filmaciones, dibujé story boards y finalmente entré al Canal Once, donde empecé a escribir los programas de la barra niños. Luego me fui a España a estudiar mi maestría en guión de cine y televisión. Tenía familia allá y, sobre todo, una urgencia indecible por largarme. En Madrid, entre vinos baratos y viajes mochileros, forjé lazos indisolubles. Iba por un año y me quedé tres. Al final me mudé a Barcelona y en esa ciudad primorosa, la cosa se puso fea: estaba de ilegal, no tenía dinero y terminé volviéndome publicista. Entretanto me enamoré, pero el amor era frágil y hablaba otro idioma. Volví a México con el corazón pachucho. Pero Coyoacán poco a poco me lo fue restaurando. Renté un estudio muy chiquito pero con una tina muy grande en el corazón del barrio. Y ahí, por fin en una habitación propia como recomendó Virginia Woolf, sin faltar a mis sesiones de psicoanálisis (no para curarme de nada sino para llevarme mejor con mis huecos), al fin me convertí en escritora. Es decir, asumí que aparte de las chambas que me daban de comer, y más allá del soliloquio de mis diarios, tenía que atreverme a compartir algo, lo que fuera, que saliera de mí. 

David Bowie decía: no hagas arte para complacer a otros, y sal de tu zona de confort. Si estás demasiado cómodo haciendo lo que haces, algo anda mal. Es cuando sales de tu zona de confort que empiezan a pasarte cosas realmente emocionantes. El tema es que escribir desde lo hondo y con una voz propia tiene un inconveniente: tienes que hacerte cargo de lo que dices. Como guionista o escritor por encargo te puedes meter bajo las faldas del director, echarle la culpa al productor y los actores (aunque en tele lo más frecuente es que todos le echen la culpa a los guionistas). Pero cuando decides ser un autor, no puedes hacer eso. Nadie te dice que mejor pongas la escena en el elevador porque no hay lana para hacerla en la cafetería, o que reescribas lo de la semana entera porque la actriz hizo un berrinche y decidió no ir a los llamados. Eres tú y el lector. Sin intermediarios. Eso da mucha libertad, y también mucho miedo. Así que después de un rato de estar al borde de una alberca metafórica, aterrada de aventarme al agua fría, finalmente me eché el clavado con un blog. Se llamaba Coyoacán Jane y ahí empecé a escribir sobre cualquier cosa que se me ocurría: sobre el tabaco, el matrimonio, las olimpiadas, la fiebre porcina y el azar, todo salpicado de uno que otro cuento; pero sobre todo empecé, por fin, a escucharme en voz alta. 
          Al año de escribir el blog desempolvé una novela. Se llamaba Quiéreme cinco minutos, la había escrito por encargo pero la edición no se concretó. Al releerla me di cuenta de que la voz de la narradora estaba toda acartonada y entonces la reescribí completa, desde la voz de una verdadera chava de quince años, que era quien narraba. Fueron nueve años entre que concebí el libro y lo publiqué finalmente. Estoy segura que nunca hubiera llegado a ese punto sin haber transitado por todo lo anterior. Dejé de escribir Coyoacán Jane hace unos años, sin proponérmelo. Y recién abrí este nuevo blog para seguir teniendo un espacio acotado y exclusivo para compartir mis ideas más personales y que no se diluyan en el torrente de contenidos de las redes. 

Hace un momento hablé de las chambas que me daban de comer. No quiero subestimarlas. Gracias a ellas me forjé un oficio y además me dieron algo que agradezco cada día: una familia extendida. Como guionista se trabaja mucho en equipo. A lo largo de horas y horas de estar sentado en una mesa inventando locuras con otra gente, te curtes en el arte de escuchar y cuando estás en un atolladero (ya sea a la hora de tramar o a la hora de pelearte con la producción) no sufres solo. He coordinado equipos en varios proyectos y una cosa he aprendido: si no te diviertes, si no lloras de risa de vez en cuando, no ganas nada más que dinero. Con esa filosofía mis amigos escritores y yo hemos surcado toda clase de tormentas en barcos de muchas presentaciones.  


Una diagramación de la serie "Infames"
Hay quien les dirá: "Esto de dedicarse a la creatividad es trabajo duro. No pain no gain. Lo que vale cuesta y si no estás dispuesto a partirte la madre y hacer sacrificios, ni le entres". Todo lo que les he venido contando, yo no lo sentí difícil ni terrible mientras lo viví. Simplemente fue un proceso. Y sí, implicó mucho trabajo. Pero trabajo no es lo mismo que sufrimiento. De nuevo: esto es como el amor. Y de lo que les hablo es de ENTREGA. Cuando estás entregado a lo que amas, vas sorteando las peripecias que se presentan sin que pese y sin dudar. En ese sentido tiene que ser fácil. Si lo tienes que forzar, es que no es tu lugar. (No me atrevería a afirmar esto con tanta vehemencia si no lo hubiera constatado en la propia cancha del amor). (Por cierto, junto con el tema de la escritura, también reforcé mi vena liberal. Desoyendo a las maestras de moral de mi prepa, después de tener muchos novios por fin conocí uno con el que me fui a vivir sin casarme, y luego me casé sin religiones de por medio. No lo pude evitar: ese amor, a diferencia de los anteriores, fue inescapable). 

Un día mi hermana Dunia lo puso en estas llanas palabras: la vocación no es algo que está afuera para elegir, como si fuera un menú de restaurante. Tiene que ser algo que brota desde DENTRO de uno. Yo no podría estar más de acuerdo.

Con el tiempo he concluido que cuando amas/necesitas hacer algo, llegas a ello de una manera u otra. El tema es escucharte, tener abierto el canal, estar permeable, y jamás, JAMÁS apostarle a algo que no te entusiasma sólo por ganar dinero o complacer a los demás. Hay una plática TED de un chavito japonés que es un artista del yoyo. Por muchos años el chavo no encajaba. Le echó ganas y logró ganar un concurso de yoyo en Nueva York. Le hicieron entrevistas y patrocinios y luego todo se diluyó. Regresó a Japón a trabajar en una empresa y a ser profundamente miserable. Luego buscó por otro camino, y se puso a estudiar performing arts. Música, danza, escenografía, etc. Ahora va por el mundo haciendo unos shows espectaculares con su yoyo. Si a alguien le queda el saco, póngaselo por favor. Otro ejemplo que me gusta es el de J.K. Rowling. Pareciera que esa mujer empezó a escribir por una necesidad mucho más básica, que era la desesperación por tener un techo y un pan que llevarse a la boca. Pero esa mujer ya sabía escribir. Sólo que nunca se había atrevido a pensar que era eso lo que podría sacarla de la precariedad en que vivía. Y yo me atrevo a pensar que incluso tuvo que ponerse en esa situación extrema para no tener más pretextos y ponerse a hacer lo que pugnaba por salir de cada uno de sus poros.

Otra cosa maravillosa de todo esto es que para crear nunca es tarde. Mi papá siempre fue un tipo muy creativo. Era médico pero también pintaba, tocaba la guitarra, jugaba ajedrez y fue cinta negra de Tae Kwon Do. Siempre fue un narrador extraordinario y fue justo eso lo que nunca exploró como un ejercicio "formal", aunque fuera en la modalidad de hobby. Hasta que tuvo la necesidad de hacerlo. A los 70 años, y después de una redención sin precedentes en el tema de las adicciones, tuvo que escribir su vida. Fue ineludible. Se sentó durante dos años y escribió cinco tomos con sus vivencias.  Cada uno mejor que el anterior. Con ello nos dejó una herencia y él se compró unos cuantos sorbos de dicha. 

Yo lo siento así: tener un quehacer creativo es como tener una especie de súper poder. Y lo es más allá de lo que hagas con él. Es TUYO, se te amolda como la capa invisible de Harry Potter, y no importa lo que suceda en tu vida, las chambas que tengas, e independientemente de lo que "produzcas" o ganes con ello, nunca dejará de ser parte de ti. Es como un tesoro, como un regalo. Porque el verdadero poder de lo creativo no son sus resultados, el mejor momento para alguien que crea es el momento de la creación misma. Ningún tipo de reconocimiento se compara con el instante indescriptible en que las palabras fluyen y los personajes hablan y uno ríe y llora como un demente enfrente de su texto. Es un súper poder bastante solitario, eso sí. Pero lo bonito es que sólo es "poder" si lo compartes con los demás.

Me pidieron que hablara sobre la creatividad y su proceso. Yo escribir es lo único que sé hacer bien. Me gustaba cantar, bailar y dibujar y al final me quedé con esto, quién sabe por qué. Pero pienso que el acto creativo puede permear muchas actividades humanas, no sólo las catalogadas como artísticas. Creo que hay mucha creatividad en la ciencia, en la maternidad, en la cocina, en la jardinería y en una larga lista.  Para mí el quehacer creativo tiene cuatro características esenciales. (Las voy a ejemplificar con mi oficio porque es lo que mejor entiendo, pero cada quien adáptelas a su propio interés)...

1. Abrir puertas. Cuando iba en secundaria escuché que la creatividad es la capacidad de resolver problemas. En ese momento me sonó medio árido, pero la práctica del oficio me lo ha confirmado una y otra vez. ¿Cómo le hago para que este personaje pueda entrar a una casa a robarse el contenido de una caja fuerte? ¿Cómo le hago para que entre a robárselo cuando hay una fiesta en esa casa? ¿O un funeral? ¿Y de paso seducir a la chica? Cuando tramas una historia, todo el tiempo estás resolviendo problemas, encrucijadas. Y además hay que hacerlo emocionante, verosímil y coherente. La creatividad estriba en encontrar soluciones, en abrir puertas. Todo el tiempo.

2. Jugar. Cuando ejercitas el músculo creativo sigues siendo siempre un poco niño y un poco loco, porque sigues viviendo en un mundo de imaginación vívida que cuando eres adulto sueles reprimir o censurar. Rosa Montero se refería a la imaginación como "la loca de la casa", y creo que es muy atinado. Yo pienso que escribir es como jugar. Los personajes viven en el gran arenero de tu imaginación, y tú los pones a hacer lo que tú quieras. E igual que cuando eras niño (y cuando eres loco) tienes que creértela. Y nunca tomarte nada demasiado en serio. Ni tus textos ni a ti mismo. Pienso que si te tomas demasiado en serio, si no sabes reírte y hasta burlarte de ti mismo, vas a sufrir mucho como escritor. 

3. Es echarse un clavado al interior. Esta frase de Natalie Goldberg me gusta mucho: "Escribir proporciona la posibilidad de tocar con la mano la propia existencia. Dedicarse a la escritura es, al final, dedicarse a la existencia en su totalidad." Escribir nos ayuda a confiar en nuestra mente y entenderla. Se escribe contra el tiempo, contra la muerte, contra la locura y contra el dolor. Se escribe a favor del hallazgo de la propia voz. Y esto sucede con cualquier acto creativo: siempre nos revela de qué arcilla estamos hechos.

4. Expresar. Y conste que estoy usando esa palabra y no "crear". Una de las obsesiones de nuestra sociedad tiene que ver con el término "nuevo". Nos encanta. Es un gran recurso publicitario ponerle la palabra "nuevo" a cualquier producto. Pero muchas veces, o casi siempre, nos encontramos con que nada es nuevo y ya todo está dicho. Para mi gusto, en términos de dramas y tramas, Shakesepare ya lo dijo todo, la verdad. El chiste es desde dónde se dice algo. Quién lo cuenta esta vez, y cómo. Es todo el bagaje del "creador" en cuestión, toda su vivencia, lo que le da color a lo que decida contar. Y es por eso que se crea: para expresar algo, para transmitirlo y no dejar que se nos pudra en las entrañas. A ese bagaje, a ese corolario personal e intransferible, y no a cómo acomodas las palabras y dónde pones las comas, es a lo que se le llama VOZ.

¿Por qué cuando agarramos un papel y nos disponemos a escribir nunca logramos plasmar lo que sentimos y pensamos? La escritura es un músculo que hay que ejercitar, ciertamente. Pero no es sólo por falta de práctica que nos sentimos unos estúpidos cuando empezamos a escribir. Es más bien porque lo primero que hacemos es querer sonar profundos e interesantes, con lo cual nos ponemos toda clase de filtros, sensores y censuras, y lo que nos sale, sabe a cartón. El veinte que eventualmente cae cuando uno escribe es que no lo haces tanto para decir lo que piensas, sino para DESCUBRIR lo que piensas. La escritura te revela quién eres y lo que llevas dentro, no al revés, y es como avanzar a ciegas en la oscuridad, trazando el mapa sobre la marcha. Como dijo Machado, el poeta favorito de mi padre, se hace camino al andar.  

Por último, aquí van unos consejos prácticos, que llevo muchos años compartiendo en las clases y talleres de escritura que he dado. El 3 y el 4 son tomados de un libro que me encanta. Se llama El camino del artista de Julia Cameron y fue una herramienta clave en mi proceso de "salir del clóset" literario.  

1. Escribir en un cuaderno. Como decía antes, las palabras vienen de la mente. Escribir es notar lo que hace nuestra cabeza a través de nuestra mano. Si ves cómo se mueve tu mente, la entiendes mejor y le pierdes el miedo. Que sea un cuaderno al que le puedas perder el respeto para que puedas escribir con letra fea y enunciar bazofias y manchar de café y grasa de garnacha, y que puedas llevar a todas partes. Nunca sabes en qué momento puede venir la inspiración, las ganas, o la necesidad de perder el tiempo. (Yo me entretenía mucho escribiendo en períodos de espera cuando todavía no existían los teléfonos inteligentes y toda su variedad de facetas para procrastinar).

2. Escribir en cafés. No sé por qué, pero ayuda. Para ponerse en la frecuencia mental de escribir viene bien hacerse de un espacio aparte, privado, especial. A mí siempre me han gustado los cafés (porque también me gusta el café) pero para alguien más podría ser la banca de un parque o de un museo. El espacio da igual siempre que sea fuera de casa y de la chamba; de los lugares rutinarios, pues.




3. Escribir tres páginas al día. Con lo que fluya. Sin pensar. Da igual como esté tu estado de ánimo. Sólo hay una regla: NO PARES. No pares aunque lo que estés escribiendo sea tonto, estúpido, fragmentario, negativo, sobre frivolidades o achaques, no importa. Todo eso es lo que está entre tú y tu creatividad, así que hay que drenarlo. Sirve para todos los artistas, aunque no sean escritores. Las páginas nos liberan de la desesperación por no estar creando. En lugar de lidiar con el miedo y el sinsentido, lo vuelcas en papel. Cada día. Trata de que sea lo primero que hagas, cuando la cabeza está más fresca. Y haz que se vuelva un hábito. (Yo se los aseguro: los resultados se sienten pronto y son bastante sorprendentes...)

4. Poner atención. Uno de los grandes malentendidos de la vida artística es que requiere de grandes pulsos de desvarío. Que consiste en ponerse en situaciones de emergencia o cargadas de dramatismo para tener “material” para crear. Nada más falso que eso. La verdad es que una vida creativa implica grandes dosis de atención. La atención es un modo de conectarse y sobrevivir. Y para sobrevivir, hay que mantenernos sumergidos hasta las rodillas en la corriente de la vida, prestándole mucha atención a todos sus detalles. Henry Miller dijo: “Desarrolla un interés en la vida tal y como la ves: en las personas, las cosas, la literatura, la música: el mundo es pleno, rebosante de ricos tesoros, almas maravillosas y gente interesante. Olvídate de ti mismo”. La calidad de una vida poco tiene que ver con su éxito o su fracaso. La calidad de la vida siempre tiene que ver con su capacidad de deleite. Y la capacidad de deleitarse es el don de la atención. Y al final del camino, el gran premio de poner atención es la curación. No sólo la curación de un dolor en particular, como una pérdida o un abandono. Lo que finalmente se cura es el dolor que subyace por debajo de todos los dolores: el dolor de que todos estamos, como dice Rilke, “inexpresablemente solos”.

5. Leer. No tiene que ser muchísimo. No es un asunto de cantidad. Es de darse la oportunidad de enamorarse de un libro. Tener esa experiencia. ¿Y qué es enamorarse de un libro? Igual que con enamorarse de una persona, nadie te puede decir lo que se siente hasta que no lo vives. Lo que sí es que cuando lo vives, te dan ganas de hacerlo otra vez...

6. Tallerear y reescribir. 
Cuando todavía estudiaba, logré entrar de enchufada al taller de Vicente Leñero. Ahí me dijeron muchas cosas horribles, entre ellas que yo no tenía ningún respeto por las letras. Ese golpe dolió pero me curtió como pocas cosas. Si quieres ser escritor, conviene que sometas tus escritos a otros ojos. Y saber escuchar la crítica. Y callarte la boca. Y luego hacer dos cosas: Que te la pele todo lo que te acaban de decir a) porque no es personal y b) porque a fin de cuentas para gustos se han hecho colores y todo el mundo va a opinar algo diferente de lo que escribes. Y después, tomar de eso lo que te sirva, lo que te cheque, y con ello enriquecer tu texto.  Escribir es reesribir. Un texto es como un lienzo o como un pedazo de mármol para esculpir. Hay que pulirlo sin cesar hasta que la escultura emerge. Es cierto que Kerouak se sentó y escribió su gran obra On the road de madrazo, en un gigantesco rollo de papel, sin detenerse. Bien por él. Pero el común de los mortales necesitamos trabajar y pulir nuestras creaciones. Porque además, en ello está el disfrute de todo esto. Si escribir es como jugar, ¿quién quiere dejar de jugar cuando se la está pasando bomba? 


Para terminar, un credo y una certeza. 

El credo:

"There is a vitality, a life force, an energy, a quickening that is translated to you into action, and because there is only one of you in all of time, this expression is unique. And if you block it, it will never exist through any other medium and it will be lost. The world will not have it. It is not your business to determine how good it is nor how valuable, nor how it compares with other expressions. It is your business to keep it yours clearly and directly, to keep the channel open. You do not even have to believe in yourself or your work. You have to keep yourself open and aware to the urges that motivate you. Keep the channel open... No artist is ever pleased. There is not satisfaction whatever at any time. There is only a queer divine dissatisfaction, a blessed unrest that keeps us marching and makes us more alive than others."


-Martha Graham

La certeza:

“El propósito del arte no es una quintaesencia intelectual, rarificada. Sino la vida, la brillante e intensa vida”.
-Alain Arias Misson






-Basado en una conferencia impartida en el colegio Ciudad de México en enero de 2017. 

domingo, 22 de enero de 2017

Estrategia para derrotar a Trump y de paso evitar la catástrofe mundial (por una mexicana, blanca, heterosexual, con más preguntas que respuestas)


Sí. Tengo una idea para derrotar a Trump:
No verlo. No oírlo. No vivir pendiente de las aberraciones que está haciendo o diciendo, para entonces enojarme y lamentarme y seguir viendo la computadora hasta las dos de la madrugada e irme a dormir con un nudo, y pasar el día siguiente con algo gris y viscoso flotándome encima, frustrada porque no puedo hacer nada contra ese engranaje inmenso y perverso, pensando que el mundo se va a acabar, que mi hijo va a sufrir por el agua, trabajando y estando con la gente con esa sensación, y buscando las maneras tontas y baratas de ver cómo la evito, cómo me distraigo, desde la chela y los toques hasta las horas frente a cualquier clase de pantalla. Viendo cualquier cosa. Viendo a Trump.
Esto es lo que yo creo: Trump es un fantoche. Un maldito personaje. Está más escrito que los diálogos de una telenovela. Si lo sabré yo, que a eso me dedico. "Las mujeres sangran por los ojos y por otras partes". ¿Neta? "Yo no pago impuestos y por eso soy un genio". "Grab them by the pussy". "Es que hay unos bad hombres que cuidado..." ¡¿Es en serio?! Hay quienes dicen que pues sí, el tipo es así. Yo no dudo que lo sea (¿qué significa ser "auténtico" en un contexto como éste, de todas formas?) ...Pero también es un gran explotador de su propio personaje, que está manipulando y torciendo a la gente estudiada y deliberadamente. No sólo a sus votantes, sino a todo el mundo. Y que sabe que el masoquismo morboso es algo que al consumidor promedio, se le da.
¿Y saben qué es lo único que no aguanta ese tipo de gente? NO SER VISTA.
Trump is a trap. No caigamos.

No dejemos que nos jalen hacia allá. A la tele. A la computadora. Al horror, a lo oscuro. Mejor vámonos al cine, al parque. A plantar cosas ricas y divertidas en nuestro balcón, a tomar cafés, a hablar con la gente con la que queremos estar, de frente. Sobre las cosas importantes. Vayámonos a tener a nuestros hijos y a ver a nuestros papás si aún los tenemos. Alejémonos de tanta muerte y vámonos a la vida. Pongámonos a hacer todo lo que dicen en esa lista tan bonita que salió al día siguiente de las elecciones: a sentarse junto a la de la burka, a defender al niño negro del camión, a hacernos el paro los unos a los otros. Pero sin que sea por Trump o para contestarle a Trump. No hagamos a ese tipo el centro de nuestro discurso. No lo tengamos tan presente entre nuestras palabras.
Voy a lanzar una hipótesis osada. Nunca había escuchado tanto las palabras "misoginia, racismo, homofobia, odio," juntas, todo el tiempo. Es como cuando hace trece años nos la pasábamos repitiendo la palabra "terrorismo", y hace cuarenta, "comunistas". Hay que tener cuidado. Estos tipos son muy listos. Son los mismos de siempre y son expertos en inventarse enemigos comunes para que nos agarremos a madrazos entre nosotros y mientras apañarse ellos todos los dulces de la piñata. Como lo hacen con las guerras "justificadas", y como lo quieren hacer ahora haciéndonos creer que media nación norteamericana odia a la otra mitad. Y sí, hay actitudes que lo evidencian. Y a mí también se me erizaron todos los pelos del lomo cuando vi salir a la calle a los del kukuks klan para festejar el triunfo del pelos de elote ese. Pero estos tipos lo hiperbolizan, lo exageran. Saben exactamente qué cosa "soltarnos" a los changuitos para que nos pongamos a olerlo y a mordisquearlo. (Sin ánimo de ofender a los changos). Desde la Rosa de Guadalupe y las pechugas de Salma Hayek hasta la jeta de Trump. De todas estas palabras repetidas y espantosas que escuchamos tanto por estos días, creo que la única cierta y universalmente aplicable, es ignorancia. Bueno, hay otra: miedo.
Y cuando hay ignorancia y miedo, y hay hambre, todo cuela.
Ahora nos están haciendo creer que el enemigo está en casa. Y no es así, se los aseguro. Todos los red necks del universo están preocupados exactamente por lo mismo que el resto. Se levantan en las madrugadas a bajarle la fiebre y a dar el biberón a sus cachorros, aunque queramos pensar que sólo se dedican a torturar gatitos. Y aunque cuiden a sus cachorros al tiempo que maldicen a los mexicanos, porque les han hecho creer que son ellos los que le quitan el pan de la boca a sus hijos.
Pero no son los mexicanos. Eso cualquier persona sensata lo sabe. Y hay otra cosa cierta, aunque nos cueste verla: cuando le quitan el pan de la boca a tus hijos, da igual si lo hacen escupiendo sapos por la boca, o escupiendo rosas.
Vencemos a Trump si lo ignoramos. Si le damos la espalda.
Y no se me entienda mal. No estoy sugiriendo que nos metamos en una burbuja e ignoremos lo que está pasando. Que dejemos de pronunciar el nombre "Voldemort" y de llamar a las cosas feas por su nombre, cuando hay que llamarlas por su nombre. Al contrario. Se trata de estar más alertas que nunca. Pero no obsesionados, no consumidos por la información al grado de que nos confunda y nos genere impotencia.
Son los mismos tipos. Con otra estrategia. Si no nos la cambiaran, no serían tan listos. Por eso nos agarraron en curva la semana pasada y no entendíamos qué estaba pasando. Pero el objetivo es el mismo, y es burdo y es simple: tenernos consumiendo como unos estúpidos. Hamburguesas, medicamentos, gasolina, coches, drogas, películas, palomitas, televisión, Coca Cola, revistas de modas, pendejadas. ¿Por qué? Porque quieren MÁS. Porque siempre quieren más y no quieren compartirlo con nadie. Son como el niño que no quiere dar de sus dulces (sin ofender a ningún niño, pero tengo uno de dos años y medio y he visto lo locos que se ponen cuando no quieren compartir).
Son los mismos que nos jalan a la diabetes. Al enfisema. A los accidentes alcohólicos. Los que nos están llevando a la ruina, al eterno endeudamiento crediticio, al insomnio, a la cárcel por nada, a la vida metidos en un coche. Nos están llevando entre las patas. Pero nos lo venden en empaques bonitos. Nos llevan a la anorexia y a la bulimia y a la obesidad mórbida. A las adicciones. A la guerra. Nos la venden con discursos carismáticos, sabor chocolate. Pero nos están haciendo de a poco ciegos. Ante la desgracia, ante las estadísticas de muertos y pobres. Nos hacen tragarnos el alquitrán, el transgénico, el azúcar. Y sí. También es nuestra responsabilidad lo que consumimos y lo que hacemos. Tenemos poder de decisión. Pero... ¿en serio la tenemos? Con esos empaques, con esos discursos... nos lo preparan todo como foto de hamburguesa de restaurante de cadena, lo hacen lucir todo tan positivo, tan inofensivo en sus comerciales... Hay que estar medio ciego para no caer en sus garras. (Y justo por eso es que a veces es mejor cerrar los ojos).
Mi amigo Juan Luis escribe en su libro Pensar la nada: "El malestar en la cultura toma distintas formas para cada cultura, y la adicción es una respuesta para un malestar característico de esta época. La clave para entender la adicción no está en las sustancias, sino en la relación que establecemos con ellas, determinada por coordenadas culturales e históricas muy particulares."
Pienso que en este momento histórico, en este tiempo, la economía, el gran mercado mundial, funcionan con adictos. Y Donald Trump no es más que otro producto adictivo.
Pero hay quien me argumentará: Trump es un síntoma de la decadencia de nuestros tiempos. Está ganando la derecha en el mundo. Hay un nuevo fascismo extendido y la gente está VOTANDO por él. Estamos jodidos.
En algún lugar leí que las sociedades en crisis tienden a "derechizarse". Y sí, es cierto, pero no por las razones que creemos. No me cuadra que de repente salieron del clóset todos los odiadores del arco iris y de las mujeres y los negros y los musulmanes. Mi teoría es que el conservadurismo -y digo conservadurismo con tiento porque no quiero implicar ninguna creencia religiosa, sino referirme a estos mismos desgraciados que quieren CONSERVAR las cosas como están, a toda costa, para mantener sus privilegios, y que son capaces de manipular a quien sea para que los apoye en aras de mantener esos privilegios- ...el conservadurismo codicioso (así le voy a llamar) destroza países pobres, los exprime, los despoja de todos los recursos, y luego, cuando la gente de esos países pobres se lanza a buscarse una vida en algún país "fresa", los conservadores codiciosos le hacen creer a la población de los países fresas que los ojetes son los pobres porque les roban lo que es suyo. (Pero hasta donde sé, el mundo no surgió con fronteras dibujadas...) Esa es la crisis que está viviendo Europa, agudizada ahora por la guerra en Siria y en otros países. Esa es la crisis que se vive en Estados Unidos también, a resultas de los muchos tratos y tratados desventajosos para la gente que han urdido las corporaciones y los títeres, digo... los gobiernos. Pero son tan listos, son tan convincentes estos malditos, que incluso logran que tanto a los europeos como a los gringos se les olvide que todos sus antepasados fueron inmigrantes. Así se las gastan. Aprovechándose de la necesidad de la gente, de su hambre, de su fe; haciéndoles creer cosas horribles como que los mexicanos van a violar y los gays se van a comer a sus hijos, o que la guerra es preferible a la paz si la paz involucra el "pecado", como en Colombia. De ahí sacan montón, de ahí sacan paleros y se salen con la suya. Del miedo. Son unos cobardes y unos rastreros que avientan la piedra y esconden la mano. Y cuando logran su objetivo, cuando se quedan arriba, ¿saben quiénes salen perdiendo? Los mismos. Jodidos. De siempre. ...Los de abajo.
Y aquí quiero subrayar algo: quien se diga liberal y no esté dispuesto a soltar uno solo de sus privilegios para que las cosas cambien a favor de la mayoría, no sólo es un conservador codicioso, sino un hipócrita.
¿Cómo luchar? ¿Cómo resistir? Volviendo a la idea de que Trump encarna el patrón adictivo mórbido y consumista al que nos tienen sometidos, lo único que se me ocurre es resistir todo esto como si fuera una adicción. Es decir, enfrentándola. Y enfrentarla no quiere decir cortar, prohibir, abstenerse. Eso casi siempre se traduce en una recaída. Al contrario: hay que ver, analizar, hacer consciente. Hace tiempo mi amiga Hebe me compartió una plática TED interesante sobre eso. A lo que sea que uno sea adicto, conviene observarse. Ver en qué momentos fuma uno, cómo se siente cuando se come la tercera rebanada de pastel, por qué  se clava con el iPad hasta las cuatro de la mañana. Sólo entendiendo nuestro comportamiento, nuestros patrones, podemos hacer algo al respecto. Aquí nuestro peor enemigo es la inconsciencia, el automatismo. Eso es lo que nos lleva al atasque, y luego a la cruda, y así en un ciclo infinito.
Hay que hacernos conscientes de nuestros hábitos cotidianos de consumo. Los últimos días he estado pensando en llevar una bitácora. Enterarme de una vez por todas de cuánto plástico utilizo y cuánta agua gasto. Pero en serio. Cuántas vaquitas me trago al mes. Y luego actuar en consecuencia, en actos cotidianos que sean fáciles de repetir. Somos criaturas de hábitos. Hay quienes pueden bajarle cinco minutos a la regadera cada mañana pero no al pollito. Ni modo. Tengo amigos que se mueven en bicicleta, yo soy una cobarde y jamás podría moverme en bici en esta ciudad. Mucho menos en moto, como Andrés. Pero conscientemente elegí mudarme a un barrio céntrico donde tuviera que usar poco el coche. No es el tibio "granito de arena". Es empezar. Con lo que sea. Empezamos a transformar algo cuando lo hacemos consistente, cotidiano.
Y esto va más allá de la ecología. Se trata de poner atención para detectar los patrones adictivos a los que estos desgraciados nos meten. Es entender cómo jugamos su juego para ya no jugar. ¿Netflix es malo o no? Depende. ¿Cuántas horas lo ves, te entretiene o te embrutece? ¿Es una compañía que trata bien a sus trabajadores? Entonces decide. Lo mismo con la ropa que compramos, con los gadgets, con los cosméticos... creo que ya me di a entender.
Me parece que hemos cometido el gran error de pretender que para cambiar el mundo, todos tenemos que ponernos de acuerdo. Tomarnos de la mano para ir a repoblar el Amazonas con una canción de John Lennon de fondo, o salir todos con el fusil. Y eso nos paraliza, porque lo vemos cada vez más imposible y lejano. Estos malditos codiciosos lo saben, y es otra cosa a su favor. Pero es cierto: NO se puede plantear una estrategia general porque nada puede generalizarse. Los seres humanos somos inabarcablemente diferentes, bipolares, tiernos y abominables, llenos de inseguridades y traumas, y lo que está claro es que no nos gusta lo mismo ni tenemos el mismo concepto de "mundo feliz". No podemos pretender entonces que todos tomemos las mismas medidas a favor de la salvación de nuestra especie, y no podemos confiar en que los gobiernos se encarguen porque son parte del mismo engranaje corrupto y retorcido que sólo ve por sus intereses. Si estamos dispuestos a hacer algo para que la generación que nos sigue tenga agua, tiene que ser desde una consciencia individual, consistente y firme, que poco a poco vaya conectando con otras consciencias hasta volverse colectiva. Pero TIENE que volverse colectiva. Eso de que "el cambio está en uno" es cierto, pero sólo parcialmente. Estamos juntos en esto. Es hora de observar y analizar. Mucho, profundo. Y de ahí, uno a uno, cambiar los hábitos. Esto tiene que ser primero desde cada uno, o no va a ser. Es como sumarte a un coro cuando no te sabes la canción. Primero tienes que sabértela.
Me temo que no, amigos míos. Bernie Sanders no nos va a salvar, Martin Luther King no podría salvarnos si reencarnara, y Jesús todavía no sabemos en qué vuelo llega o si va a llegar. Empecemos a hacernos las pinches preguntas, ya basta de que esperar que nos estén dando las respuestas.
Por lo pronto, para sobrevivir cada día, hay dos cosas en las confío plenamente: El complemento de los opuestos, su misterioso y confiable equilibrio, y la dialéctica. Todo tiene sus tres momentos... o lo que viene siendo su tesis, su antítesis y su síntesis. Y esto tiene un asegún, porque también implica que si algún día alcanzamos la justicia y la paz, vendrá otra vez el desbarajuste. Igual que lo acabamos de atestiguar en Estados Unidos: hace ocho años creíamos que el mundo estaba resuelto porque un negro había llegado a la Casa Blanca, y miren ahora. Pero al menos podemos confiar en esto: las cosas siempre se mueven, nunca se quedan en el mismo lugar. ¿Creo en el espíritu humano? No lo sé. A fin de cuentas es igual de contradictorio y dialéctico que todo lo demás, lo que lo vuelve errático y poco confiable. ¿Vale la pena el dolor de la consciencia para que otros seres humanos y otros bichos que no conocemos ni conoceremos jamás, experimenten esta existencia?
Es responsabilidad de cada uno responderse a esa pregunta. Sincera, cabalmente y cuanto antes.

Cuba forever


Hace ya varias semanas que murió Fidel, pero creo que para hablar de Cuba nunca es tarde. El problema es que es difícil hablar de Cuba sin hablar de Fidel, y lo segundo siempre es caminar en terreno resbaloso y minado. Es caer en un "sí, pero..." eterno, en una espiral inútil y desgastante enunciando aciertos para tumbarlos de inmediato con increpaciones, críticas y razones poderosas. Y eso tiene una consecuencia inmediata y grave: nos deja sin la oportunidad de echarle una mirada a Cuba y a los cubanos, analizar qué ha pasado ahí los últimos cincuenta y siete años, y con suerte aprenderles algo. Al fin y al cabo, con dictadura o no, están entre los países mejor parados de Latinoamérica hoy en día: todos y cada uno de sus habitantes tiene la salud gratuita garantizada y están alfabetizados; no hay bonanza pero tampoco miseria, y su mínimo impacto ecológico es algo que, sin ir más lejos, todos los que habitamos en este planeta deberíamos empezar a imitar, si no es que agradecer.

Siempre dije, como mucha gente, que quería conocer Cuba antes de que se muriera Fidel. Antes de hacerlo, como mucha gente, pasé varios años oscilando entre el escándalo y la idealización. Oyendo a Silvio Rodríguez y leyendo a Galeano por un lado, y viendo películas anti régimen como Fresa y Chocolate y Antes que anochezca, por otro. Había escuchado historias de que todos los cubanos querían irse pero nadie podía, que si eras turista y caminabas por La Habana se te lanzaban a morderte los tobillos, te pedían con desesperación desodorantes, chicles o pantalones de mezclilla, y te ofrecían su cuerpo o su madre a cambio.

Fui a Cuba por primera vez en el 2010 y nadie se me abalanzó para pedirme desodorantes. Lo que sí es que me tomaron el pelo un par de veces con los pesos convertibles cubanos, porque como turista te puedes confundir con el tipo de cambio y hay uno que otro vivales que se aprovecha. Esa vez sólo estuve en La Habana, y fue una experiencia corta pero muy intensa, de pasarme los días con la cabeza literalmente revolucionada. Fui con mi amigo Oscar y otro cuate, y además de alucinar con la ciudad atrapada en los años cincuenta, con sus edificios intocados, algunos derruidos (sólo una parte de la Habana vieja está restaurada), y los coches antiguos (almendrones) circulando por doquier, nos llamó muchísimo la atención la ausencia total de publicidad. Mientras que aquí en el "imperio" uno recibe un promedio de 3000 impactos publicitarios al día, en Cuba eso no existe, y lo cierto es que es un descanso para los sentidos. Lo que sí hay es mucha frase revolucionaria exultante de Fidel, Camilo Cienfuegos y de José Martí, repartida en vallas y carreteras. La ciudad es muy limpia y funcional para el turista, con servicios no excesivos pero suficientes.  Recuerdo que en aquella vacación todos los días comimos arroz con frijoles y yuca, cerveza Cristal o Bucanero (sólo hay esas dos marcas); que la heladería más famosa de la ciudad sólo tiene tres sabores, y que no pude sacar dinero porque no se me ocurrió que Banamex era banco gringo, así que Oscarín me tuvo que financiar la vacación. Recuerdo que el café era bueno y que fuimos a bailar a un lugar donde había una negra espectacular en unos mini shorts blancos cuyas piernas eran tan largas que parecía que iban a romper la pista, y ni mis amigos siendo gays ni yo siendo buga, podíamos dejar de mirarla. Recuerdo, sobre todo, una tarde que me caminé sola por todo el Paseo del Prado (se llama como el de Madrid) suspirando con la hermosura de las fachadas y los árboles que las enmarcaban, hasta el malecón, en medio de una luz indescriptible, y recuerdo que como todavía no existían las selfies con celular, interrumpí a una parejita melosa para que me tomara una foto con mi cámara. Una foto que ya no conservo, porque se fue en una computadora que me robaron poco después (en México).  

Malecón de  la Habana


Paseo del Prado
Quedé prendada de Cuba, aunque un poco mareada de tanto impacto (contra)cultural y tanta información. Oscar tuvo suficiente, pero yo no. Volví dos años después, esta vez con Andrés, familia y amigos. En esta ocasión sí salimos de La Habana. Estuvimos con nuestros amigos Adriana y Daniel en Viñales, en el corazón de las plantaciones de tabaco, donde montamos a caballo, fumamos puros y tomamos mojitos fabricados in situ, y luego nadamos en el interior de una gruta al pie de los mogotes, unos cerros espectaculares, que se me antojan un híbrido tepozteco y tailandés. Pasamos el último día del año en Cayo Jutía, una playa caribeña de revista (aunque sin lujos) con una luna diurna y bien redonda. La nochevieja fue rara, como lo son muchas veces las nocheviejas en destinos vacacionales: la rumba se nos escapó, así que terminamos deambulando por el malecón, que estaba lleno de trasvestis, y luego en un antro de malísima muerte que olía a tabaco, sudor, rayos y centellas. Al día siguiente, primer día del año 2011, Andrés, mi cuñado Pablo, Andrea e Inés (que era entonces una bebé de año y medio) y yo abordamos un almendrón sin suspensión y sin cinturones de seguridad que nos llevó en un viaje de seis horas hasta Trinidad, una de las ciudades coloniales más viejas del continente, de donde salió Cortés hacia México. Ahí también había playas, paseos en bici, y unos balcones de madera y herrería de piso a techo con unos patios interiores atrapados en el tiempo, y una plaza antiquísima (la más antigua de América) donde se bailaban ritmos afro caribeños. Igual que en Viñales, nos quedamos en la casa de una familia, que nos proveyó con tres comidas al día, ventilador y agua caliente.

En La Habana nos quedamos con un amigo cercano. Gabriel no vive en Cuba, sino en Nueva York. Su papá es italiano y su madre cubana, y él decidió hacer su tesis doctoral sobre Cuba, por lo que iba seguido a hacer investigación. Nos quedamos en la planta baja de la casa de su madre (la parte que el gobierno no expropió). Nos explicó que su tesis giraba en torno al término "resolver" ("resolvel" con acento local), verbo que alude a buscar las maneras de vender, comprar, conseguir, amañar o sortear cualquier situación en la isla. Por ejemplo, para "resolver" lo del almendrón que nos llevó a Trinidad, Gabriel se la pasó un buen par de horas tomando ron en la terraza de la casa con su primo para que nos consiguiera el transporte, y de paso unos puros para llevar a México. No se trata sólo de comprar o vender, es una danza parsimoniosa y hay que saberse los pasos. Nunca olvidaré que cuando pasamos una caseta, el conductor del almendrón, después de ofrecer una explicación cantinflesca y encantadora de por qué traía a un cuarteto de turistas y a una bebé de año y medio viajando con él (ya que claramente no tenía permitido lucrar con ello) se despidió del policía diciéndole "te quiero, papi".



Valle de Viñales
¿Qué dicen los cubanos de Fidel y Raúl? Lancé el anzuelo en varias ocasiones, con taxistas sobre todo, pero nadie lo pescó con demasiado ímpetu, ni para bien ni para mal. Daban siempre respuestas genéricas, casi ensayadas. Pero mentiría si dijera que no se respira una tensión constante respecto a la figura autoritaria, cierta y presente. Gabriel nos contó que hay una inteligencia central que domina en la isla y conoce cada uno de los movimientos de sus habitantes. Y no me extrañaría, si Fidel sobrevivió como a 600 atentados de la CIA. Supongo que esto no es muy loable que digamos, pero no difiere demasiado a lo que Snowden ya denunció en su día sobre la vigilancia ciudadana en Estados Unidos y posiblemente en el mundo entero.

...Pero aquí me detengo.

No voy a gastar un minuto en tratar de defender ni justificar a Fidel, porque no es mi interés ni el objetivo de este texto. Una sola cosa tengo yo muy clara: Fidel no hubiera logrado NADA sin los cubanos. Fidel no hubiera podido pintarle dedo al imperio más poderoso del mundo y aguantado un bloqueo de esa magnitud si no hubiera tenido a ese pueblo pequeño, recio, noble y valeroso a  su lado. Gabriel nos contaba que en los noventa, cuando cayó el comunismo en Europa, se quedaron sin apoyo, y casi se mueren de hambre. Primero se comieron a los gatos y cuentan que después hasta las alfombras. Aprendieron a autosustentarse, a autoabastecerse, a sobrevivir... a "resolver". Nunca en mi vida había visto semejante economía de recursos. En Cuba nada se desperdicia. Todos los cubanos son expertos mecánicos porque han tenido que arreglar los mismos coches desde 1959. Todo el mundo sabe componer electrodomésticos. En el campo hay lo necesario. En la costa, también. Quizás en la Habana se puede decir que el turista es privilegiado y que los lugareños viven mal, pero en el campo no hay truco. Yo lo vi con estos ojos. En el campo la gente tiene sus casitas y rentan sus cuartos, organizan paseos, la van llevando bien con el turismo. Se siente pobreza pero no miseria. Tienen lo necesario. Y yo soy una creyente férrea de la frase de que no es rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Si tienes poco, te preocupas por poco. Te liberas. "Things you own end up owning you" dijo Tyler Durden en The Fight Club. Yo estoy con él. Daría algo por no sentir los ovarios en el cuello cada vez que no encuentro mi pinche iPhone, pero más de una vez me he dado cuenta de que no soy capaz de desprenderme de él. Ese aparato me requiere, me tiene sometida. Es terrible pero cierto.

En Cuba un médico especializado gana veinte dólares al mes. Sí, veinte. Y eso ya es muchísimo. Suena escandaloso, por supuesto. Comida y techo no le faltan, aunque obviamente no habrá salmón en su refri ni Crusli en su despensa ni tendrá Fox Sports ni Wifi. Recuerdo que en Coppelia, la heladería de tres sabores que mencioné antes, estábamos perplejos porque la gente llevaba bolsas de plástico donde echaban, por debajito de la mesa, el helado que pedían para supuestamente comérselo ahí. Como si compraran ahí el helado para toda la familia  y sus veinte primos. Y uno podría llevarse la mano al pecho con un suspiro paternalista y decir "pobre gente que no puede ir al súper, agarrar un carrito, y elegir entre cuarenta marcas de helados exquisitos". Pero en serio, bien en serio: ¿Eso es lo peor que le puede pasar a alguien? El capitalismo se ha encargado de asegurarnos que sí. Pero yo tengo mis dudas... 

No sé ustedes, pero yo no sé qué prefiero. Que me racionen el arroz, o vivir cuatro horas al día metida en un coche y ocho en una oficina haciendo un trabajo que aborrezco, correteando los días hasta que llega el fin de semana para cuando por fin llega, aplastarme frente a la tele o ir al centro comercial y comprarme unos jeans que no me voy a poder poner hasta el siguiente fin de semana (porque entre semana tengo que andar de traje) y una pantalla plana que firmé con la tarjeta y que voy a estar pagando los siguientes dos años, tal vez con intereses asfixiantes, porque si me quedo sin trabajo (que puede suceder en cualquier momento) por tener que seguir pagando renta y gasolina para buscar otro trabajo, me voy a ahorcar y no voy a tener cómo pagar. Y eso, sin contemplar niños. Cuando hay niños, hay que multiplicar la angustia económica por el número de miembros de la familia. Y empezar a contar otro tipo de historias de terror, como madres y padres que están lejos de sus hijos doce horas al día para poder trabajar y darle de comer a los hijos y a las nanas que se los cuidan.  

Y muchos me responderán: pero los trabajadores del mundo "libre" al menos tienen la libertad de elegir. ¿En serio la tienen? Estamos en un sistema que no perdona no tener dinero. Si no tienes dinero, además del famoso "estátus", no puedes acceder a las cosas más básicas. Punto. No nos engañemos. Aquí no hay salud ni educación públicas, mis cojones. Sin dinero no te operas un cáncer ni te haces una diálisis a tiempo; no estudias ni te montas una carrera ni un oficio.  Te pudres. Y si a balseros escapando a Miami vamos, echemos números a ver cuántos mexicanos se largan de aquí a la semana para tener una vida digna. 

Hay quien me dirá: se te hace fácil ensalzar e idealizar a Cuba porque fuiste de turista. Báncate una semana como ellos. Formados media hora para subirse a una guagua, con una canasta básica raquítica, teniendo que recursearse cualquier cosa, un poco de aceite, una barra de chocolate, una tele. La verdad es que lo haría, por lo menos para adquirir habilidades y no ser una inútil como lo soy, que no sé ni plantar un jitomate.

¿Saben qué vi en Cuba? Música. Por todos lados hay música. Por todos lados hay niños con uniforme de escuela, caminando  en las calles. Viejos en mecedoras al sol, aunque sea afuera de portales desvencijados. Señores discutiendo acaloradamente en las plazas, hablando de béisbol. En Cuba hay dos marcas de cerveza y dos de refresco. Negros y mulatos. Tabaco. Ron. Café. ¿Quién puede pedir más? Los imperialistas codiciosos y envidiosos se encargaron de decirle a todo el mundo que los cubanos necesitaban más, que vivían fatal y había que salvarlos de las garras la miseria. Pero no eran los cubanos los que necesitaban más. Era y es el resto del mundo, somos nosotros, los que necesitamos más y más y más. Más canales en la tele. Más marcas. Más zapatos. Más juguetes. Más pasillos en el súper. Otro sabor exótico. Otra cualidad sobrenatural en el shampoo. Otra etiqueta de "nuevo" en un producto gastado. Con hambre de algo que ni siquiera podemos nombrar. 

En Cuba no hay ni yonquis en las esquinas, ni niños hambrientos en los camellones, ni vagabundos ni locos ni esa clase de miseria que existe en los países capitalistas. Esa miseria desposeída, desoladora y solitaria. Los cubanos no saben lo que es eso. Están juntos. Tienen un profundo sentido de identidad. Son listos, echados pa'lante, guapos, sabrosos, sensuales, musicales. A veces pueden ser medio azotados, como si el mundo se las debiera, y las cosas se hacen a su manera. Son dignos. El "servicio a cliente" no está en su vocabulario ni en su sistema. Son recurseros, envolventes, endulza orejas. Y no podían ser de otro modo: cada cubano es su propio publicista. Lo que sí es que no tienen mucha imaginación culinaria. Tina, la señora octogenaria que ayudaba en la casa de Gabriel, y que es santera en sus ratos libres, estaba escandalizada de que mezcláramos los frijoles con el huevo revuelto. Pero son gente candorosa y directa a la que dan ganas de aprenderle algo, todo el tiempo, en cualquier intercambio. Un paso de baile, un ritmo o un acorde, un conjuro, una ocurrencia, un movimiento del cuerpo. Todo lo que recuerdo de Cuba es, en fin, tierno, orgulloso y estimulante. Tengo por ahí arrumbado un buen trozo de corazón.



La revolución y el régimen de Castro no funcionaron para todos los cubanos, desde luego. Hubo muchos que no se la compraron y que no soportaron vivir así, y se largaron. Está bien. Otros se quedaron.  Esos son los que despidieron a Fidel como lo hicieron: a raudales (a menos que Peña Nieto les haya mandado camiones de acarreados o que los cubanos tengan una vena masoquista del terror, cosa que dudo). "Cargue con su pesao", reza la leyenda de la Bodeguita del Medio. Y yo intuyo que el del cubano no es un "pesao" como nos lo imaginamos, o como nos lo contaron. Quizá para algunos sí, pero no para la mayoría.

El mundo critica la revolución. Si el día de hoy tenemos derechos laborales, y nos pueden echar del trabajo al menos con una liquidación, es gracias a revoluciones como la cubana, que tanto nos entripan; si las mujeres podemos votar es gracias a que nuestras abuelas, en su día, obstruyeron los congresos y las avenidas. A Cristo lo crucificó el imperio de su tiempo. Cuba es una obra inacabada, inconclusa. Hay que pensarlo un minuto antes de ponernos defensivos y empezar a despotricar sin ver lo positivo en cualquier intento de lucha social, por el terror de perder nuestra ridícula parcelita de privilegios. Si no apoyar, cuando menos hay que tratar de entender las revoluciones, viendo tanto lo positivo como lo negativo que generan (como hay que verlo en todo), porque  por fallidas que sean, gracias a ellas hemos ganado derechos y vamos caminando un poco para adelante. Hasta la revolución industrial, de la que se ha desprendido esta borrachera colectiva que nos tiene viviendo entre ríos de cosas, de basura y de chatarra, le ha dado sus cosas positivas a los habitantes de este globo oxigenado, perdido en la inmensidad del universo.

En el avión de regreso del segundo viaje a Cuba lloré un buen rato. Sabía que a esa Cuba, exactamente así, no la iba a volver a ver. Y es que esa isla es una perla en este mundo. El último resabio contra la embestida del neoliberalismo rapaz, el único rincón que logró resistir al saqueo del que todos los países capitalistas hemos sido víctimas, anestesiados con la falsa ilusión del consumo. A diferencia de otros territorios marcados arbitrariamente por fronteras inventadas, Cuba está aislada, contenida en sí misma. Y son fuertes porque su gente sabe que sólo se tienen los unos a los otros para sobrevivir. Dicen que el cambio siempre es bueno. Lo único que me reconforta ante la apertura de la isla (que no es más que abrirle la puerta al monstruo, aunque lo digamos con eufemismos), es saber que esa gente está educada, alfabetizada. Y su idealismo fraguado en acero les va a servir para no dejarse tan fácil y para transmitir su legado de resistencia, trabajo, amor a la tierra y dignidad. Quizás así se logre conservar un bastión heredable para el resto de la humanidad, cuando las cosas se pongan realmente difíciles.  (Y se van a poner. Eso todos lo sabemos aunque tratemos de ignorarlo). 

Por lo pronto, hay algo que sí me queda muy claro y es que es indispensable que los latinoamericanos nos busquemos otra vez, nos escuchemos y nos reconozcamos. Creo que en México eso nos urge: dejar de ver tanto hacia el norte, y empezar a ver más hacia el sur. Allá arriba no hay mucho más qué mirar ya.


Hace unos días platicando de todo esto con Linda, mi analista (canadiense de setenta y pico años) dijo que a ella se le cayó por completo el ideal de la revolución Cubana y  el "hasta la victoria siempre" que en su día cimbró al mundo entero, cuando se enteró de que Fidel albergaba misiles rusos. Lo decidió él solo, sin consultar a su pueblo. Y educó a su pueblo sin que ninguno pudiera siquiera apelar a gobernar en su lugar. Me parece tristísimo que por la torpe ejecución de un solo hombre y sus cuestionables decisiones, ese resplandor de esperanza que la revolución cubana inyectó al mundo, se pierda. Porque esa esperanza es lo único que puede salvarnos. Bajo la forma y las condiciones renovadas que decidamos darle. Pero nunca debemos volvernos cínicos y abandonar la idea de que podamos vivir con más justicia y con más libertad.

¿Y qué carajos es la libertad? Lo he estado pensando mucho. Creo que la libertad siempre es libertad de elección. De poder decidir si uno se queda donde está o abre la puerta y se sale. La cualidad intrínseca de la libertad es elegir. A mí me encanta ir a un restaurante, abrir la carta y elegir un plato. Elegir unos zapatos. Elegir a dónde viajar. Pero la libertad no puede ser sólo libertad de consumo. Así lo hemos entendido con el capitalismo y eso ha implicado que muchos empeñen su vida entera y sus días sean una miseria hueca y automatizada, con tal de poder "elegir" qué "TENER". (Hay otros a los que les va peor, y se suicidan porque se la pasan jornadas eternas fabricando teléfonos y piezas de ropa que nunca se van a poder comprar).

Creo que si tuviéramos que enfocar esfuerzos para una nueva revolución, tendría que ser buscando que todas las personas tengan la libertad no de tener, sino de HACER lo que amen hacer, cada día de sus vidas. Pienso que tanto el socialismo como el capitalismo han fracasado porque son esquemas cuyos objetivos siempre van enfocados a que la gente "tenga". Mucho o lo justo, como sea. Pero eso siempre va a terminar siendo inequitativo. Cuando hablo de hacer lo que cada quien ame, es fácil pensar en aplastarse en un sillón a tragar y a enajenarse con series y videojuegos. Ese sería el escenario ideal del "hacer" que nos pintaría el capitalismo. Pero el verdadero hacer humano siempre es un hacer por y para el otro. Pintar, actuar, curar, construir cosas, fabricarlas, cultivarlas. Trabajar con nuestras manos, usarlas no sólo para cobrar cosas y pagarlas. Y es que el dinero puede ser un asset huevón. Puedes trabajar un montón por ello o puedes no trabajar nada, si tuviste la mala suerte de nacer rico. Y digo la mala suerte porque no he conocido gente más jodida y más infeliz que la que no ha tenido que mover un dedo por nada en toda su vida. Lo que nos recuerda Cuba es que las cosas no las resolvemos nunca solos, aislados. Nos recuerda que si salimos adelante, es siempre junto con el otro. En comunidad. Y la comprensión profunda de que el bienestar del otro también es el de uno. Si la gente recobrara ese sentido de hacer con sus manos y de buen ánimo para los demás, tal vez voy a sonar naive, pero creo que muchos de los problemas que nos aquejan se resolverían por añadidura. Pienso que la ecología ha fallado porque ha estado muy basada en la culpa. Y no puede ser de otra manera: SÍ nos estamos cargando al planeta y no hay manera de hacerlo sonar bonito ni atractivo. Pero el cuidarnos los unos a los otros nos pondría en la sintonía de cuidar lo que nos rodea, y no nada más a nosotros mismos, con lo cual sería más natural tomar las medidas cotidianas para durar más en esta Tierra. Al amar lo que hacemos, no nos sería tan necesario consumir cosas para sentirnos completos, lo cual se traduciría en envidiar menos lo que tienen los demás, en codiciar menos (codiciar es el verbo clave y central de todos nuestros males) y eso reduciría el crimen. Y a nivel personal (aunque todo lo anterior lo atañe), al vivir con un propósito y con un sentido claro e inmediato, no tendríamos que estar filosofando en torno al sentido de nuestra existencia, ni buscando consuelo en fármacos ni en terapias express. (Estoy enunciando en tres patadas un tema que requiere muchísimo más desarrollo, pero la idea por lo pronto es plantearlo, a partir de lo que Cuba inspira a bote pronto). Michel Domit dijo que vivimos entre el hacer y el tener, que nos falta el ser. Yo pienso que en realidad no hay ser sin hacer. Y si yo tuviera que emprender una causa, hoy por hoy, lucharía por eso: porque todos puedan hacer lo que elijan. Todos y cada uno de los días de sus vidas. Estoy convencida de que esa es la única vía de salida que tenemos.

Y esta idea, igual que la revolución Cubana, es una utopía. Pero esa es la naturaleza de las utopías: uno no las "alcanza": avanza hacia ellas. Como dijo Galeano, sirven para caminar. Lo más grave de una utopía, es no tenerla. Lo creo en lo más hondo de mi corazón.

Y para terminar, un regalito:

....


Los padres habían huido al norte. En aquél tiempo, la revolución y él estaban recien nacidos. Un cuarto de siglo después, Nelson Valdés viajó de Los Angeles a La Habana, para conocer su país. Cada mediodía, Nelson tomaba el ómnibus, la guagua 68, en la puerta del hotel, y se iba a leer libros sobre Cuba. Leyendo pasaba las tardes en la biblioteca José Martí, hasta que caía la noche. Aquel mediodía, la guagua 68 pegó un frenazo en una bocacalle. Hubo gritos de protesta, por el tremendo sacudón, hasta que los pasajeros vieron el motivo del frenazo: 

Una mujer muy rumbosa, que había cruzado la calle. —Me disculpan, caballeros —dijo el conductor de la guagua 68, y se bajó. Entonces todos los pasajeros aplaudieron y le desearon buena suerte. 
El conductor caminó balanceándose, sin apuro, y los pasajeros lo vieron acercarse a la muy salsosa, que estaba en la esquina, recostada a la pared, lamiendo un helado. Desde la guagua 68, los pasajeros seguían el ir y venir de aquella lengüita que besaba el helado mientras el conductor hablaba y hablaba sin respuesta, hasta que de pronto ella se rió, y le regaló una mirada. El conductor alzó el pulgar y todos los pasajeros le dedicaron una cerrada ovación. 
Pero cuando el conductor entró en la heladería, produjo cierta inquietud general. Y cuando al rato salió con un helado en cada mano, cundió el pánico en las masas. Le tocaron la bocina. Alguien se afirmó en la bocina con alma y vida, y sonó la bocina como alarma de robos o sirena de incendios; pero el conductor, sordo, como si nada, seguía pegado a la muy sabrosa. 

Entonces avanzó, desde los asientos de atrás de la guagua 68, una mujer que parecía una gran bala de cañón y tenía cara de mandar. Sin decir palabra, se sentó en el asiento del conductor y puso el motor en marcha. La guagua 68 continuó su recorrido, parando en sus paradas habituales, hasta que la mujer llegó a su propia parada y se bajó. Otro pasajero ocupó su lugar, durante un buen tramo, de parada en parada, y después otro, y otro, y así siguió la guagua 68 hasta el final.  Nelson Valdés fue el último en bajar. Se había olvidado de la biblioteca. 

Eduardo Galeano