“This is precisely the time when artists go to work. There is no time for despair, no place for self-pity, no need for silence, no room for fear. We speak, we write, we do language. That is how civilizations heal.”
-Toni Morrison

viernes, 2 de mayo de 2025

Hay fuego en Tepoztlán




Otra vez hay fuego en Tepoztlán. Está duro. Hace unas horas que dejé de revisar los chats donde todo el tiempo se actualiza la situación y se pide a la gente del pueblo que traiga sueros, machetes, palas, gotas para los ojos, tortas, crema para quemaduras, electrolitos para la gente que está trepada en el cerro, peleándose con el fuego. 

También hay helicópteros, llegaron ayer. Estuvieron hace dos semanas, se fueron y tuvieron que volver porque se incendió en otro lado. En otros dos... en otros tres. Se instalan en la cancha de fútbol y sacan agua de una tina gigante que se llena con pipas. Agua que sirve para regar, para cocinar, para beber. 


El viento no ha ayudado nada esta vez. Las últimas tres noches ha sido una verdadera mentada de madre. De una potencia y una furia que hasta desconciertan, parece como la ira de los dioses. Te encierras y toda la noche los escuchas hablar a gritos afuera. Aporrean las puertas y las ventanas, ululan, gruñen y rechiflan. Pero eso no es lo peor. No es sólo que el viento tire una lámina por aquí o lance una rama vieja por allá. Lo peor es saber que cada vez que sopla y ruge, empuja el fuego. Y aunque no llegue a tu casa, duele saber todo lo que va muriendo a su paso. Los animales, los árboles y su oxígeno. 


Cuando se te mete el humo a la casa, con todo y las toallas mojadas, te quieres poner a llorar. Y a veces hasta te escapas del pueblo, cuando no puedes más. 

Hay gente que no se escapa. A mi amiga Tania casi le llega a su casa, hace dos noches no durmieron apagando las llamas que tocaban su barda; otra lo hicieron por turnos con los vecinos, vigilando. 


Todos en el pueblo hablamos de lo mismo. En el taller, con el de la tienda, con los amigos, en la comida de final de trimestre en la escuela, tratando de pasarlo bien mientras ves la columna de humo a lo lejos y se te vuelve a cerrar la garganta. Decimos: hace más calor, todo está más seco. Barajamos teorías. ¿Serán las quemas para preparar la tierra para la siembra? ¿Será gente que quema los terrenos para poder venderlos? ¿Será negligencia, será avaricia? Queremos culpables. Queremos saber el origen para exterminarlo. Rememoramos incendios provocados de otros años, o accidentes estúpidos que también han pasado. 


Pero lo de ahora es raro. Es mucho, es muy seguido.  El de Tepoztlán no es el único incendio ahorita. Hay en Cuernavaca, hubo en el Ajusco, hay otros tres en el país. Los Ángeles se quemó, todo se quema. Australia, California, el Amazonas. No es como siempre, es diferente. ¿Qué está pasando? ¿Es ESO lo que está pasando? ¿Ya?


Lo bueno de Tepoztlán es hay gente que no se detiene a especular, y actúa. De inmediato. Está acosumbrada a eso, sabe hacerlo. Se suben a la montaña en un segundo y se ponen a hacer brechas para desviar las llamas. Los helicópteros luego tardan en llegar (parece que la burocracia es engorrosa), y si no fuera por los brigadistas y los voluntarios, posiblemente el fuego hubiera llegado a las casas, varias veces ya. 


Y es raro el fuego. También te pone clara, pilas, atento. Te obliga a reaccionar. 

Fuimos a llevar cosas al centro de acopio Esteban y yo. Andrés ya fue dos veces. Yo nunca había ido personalmente a la zona del desastre. Pasamos por una calle muy estrecha entre patrullas, camionetas del ejército y una ambulancia. Había movida. La señora de la camioneta (o sea yo), puso las intermitentes enfrente de la ayudantía de Santo Domingo Ocotitlán y se puso a bajar las naranjas y los plátanos, los sándwiches y las aguas de diez litros con jugo de limón, miel y sal de grano (anoten el tip para la cruda: son electrolitos buenos y así no hay que comprar botellas de Electrolit y esas marcas que sólo hacen basura). Se acercó un señor a ayudarme. Era un brigadista. Un tipo de más de sesenta, fuerte, correoso. Llevaba su uniforme color caqui y tenía la piel como tostada al carbón de haber estado lidiando con el fuego; el pelo blanco, los ojos muy brillantes, y una templanza y una serenidad y un algo que me encendió una chispa rara (qué metáfora tan desafortunada).  

-A ver, ayuda a la señora -le dijo a otro, con una voz de mando muy dulce.  

Agradeció las viandas. Yo me sentí una estúpida.  Cuando agarramos carretera de vuelta a nuestro barrio (ahumado pero sin llamas), me solté a llorar. Seguramente por la tensión acumulada pero creo que más bien fue porque nunca había estado tan cerca de un héroe. 


Estamos hablando mucho del clima, como nunca antes. Que si llovió, que si no llovió, que si hace más calor, que si se secó el lago, que si se inundó la ciudad. El clima nos está obligando a hablar de él, a poner atención. Está bien. Hablemos y hablemos, por favor. Los que no podamos subir al infierno con picos y palas, hagamos sándwiches de atún y hablemos. Y fabriquemos electrolitos caseros en lugar de favorecer la industria del plástico y lo que sea que se vaya al cielo y rompa la atmósfera, y temblemos de miedo. Pero tratemos de dormir, porque mañana va a estar más cabrón, y porque en este mundo todavía hay gente capaz de pasar la noche en la montaña, velando por nosotros, defendiendo lo que ama.

Crónica de un viaje por Norteamérica




Me cuesta mucho trabajo escribir sobre esto, pero siento que no hacerlo sería una gigantesca omisión. El mes pasado mi esposo, nuestro hijito y yo hicimos un viaje al norte, bien al norte. Poder hacerlo supone un privilegio incuestionable, más allá de si trabajamos mucho o no, o si para hacerlo decidimos darle una buena mordida a nuestra seguridad para el futuro como trabajadores independientes, sin domino pleno de las nuevas tecnologías. 

Viajar no tiene ningún caso si uno no va con los ojos abiertos. Durante diecinueve días vimos familia y amigos, costas y paisajes esplendorosos, ciudades vibrantes, y también vimos un escenario espeluznante, de seres humanos yéndose, literalmente, al carajo. En nuestro avance entre Tijuana y Canadá, paramos al menos tres ciudades neurálgicas donde se ha concentrado buena parte de un problemón que se ha ido gestando por mucho tiempo ya en norteamérica: los llamados homeless. Es decir, los sin hogar. El concepto en sí mismo es desolador. 


En la historia de la humanidad siempre ha existido la pobreza, el loco de la plaza, el vagabundo al que se le huye. Crecí en la ciudad de México y la miseria no me espanta, pero esto se cuece aparte. Como dijera alguna vez mi cuñado Alfredo, la pobreza del primer mundo es una pobreza solitaria. En México, bien que mal, limpias dos o tres parabrisas y consigues para un taco; la pobreza es un asunto que se lleva en grupo, en familia, en comunidad. En Estados Unidos y Canadá, ver a la gente en la calle, sola, aventada, unos engarrotados por el fentanilo, otros gritando incoherencias mientras cargan con sus pocas pertenencias, otros con la jeringa en los portales, es un espectáculo que me hubiera gustado que mi hijo no viera. Pero lo vio. Me hubiera gustado que sólo viera lagos, ríos y museos y un pony con un falso cuerno de unicornio, pero vio esto. Y tuvimos que explicárselo. Y en parte me alegra que tuviéramos que hacerlo. 


Estuve en San Francisco por primera vez hace quince años en un viaje inolvidable. Los sentidos me explotaban con la belleza natural que es parte de la vida cotidiana en la bahía. Todavía entonces se respiraba el pulso progresista y de mente abierta que gestó el movimento hippie y el movimiento gay, daba gusto y esperanza que en Estados Unidos existiera un bastión así. Ahora que fui, mi sensación es que eso se ha quedado solamente en una pose, en un pasado revolucionario que ya no lo es, pero que se sigue capitalizando. Y no hablo de que la marihuana ya sea legal y la vendan en tiendas, muy bien calibradita y bien cara, para alegría de los aficionados mayores de edad. Hoy, en San Francisco, o eres un genio tecnológico que gana para para pagar los precios exhorbitantes de la vivienda y de todo lo demás, o no tienes lugar. Literal. Te tienes que ir a los suburbios, o a los ghettos, o de plano a la calle. Verlo fue para mí casi tan confrontante como ir a Cuba y tener que acomodar el comunismo en el sistema. Ha dejado de ser una ciudad inclusiva para convertirse en lo contrario: una ciudad exclusiva. 


Hay un documental de 2015 que se llama San Francisco 2.0 y explica muy bien la gestación de este fenómeno que comenzó en Silicon Valley. Es un problema que se está extendiendo en el mundo con la gentrificación. El mismo fenómeno que está ocurriendo en Europa, con los ancianos desalojados de sus rentas congeladas después de 40 años, porque ahora se les puede sacar mucho más dinero a las viviendas con plataformas como Airbnb. A menor escala, pero esto ya ha afectado amigos y conocidos en la Ciudad de México y en Tepoztlán. Son las consecuencias del capitalismo más duro y más rapaz, ante el cual muchos agachan la cabeza, se encogen de hombros y dicen ni modo, así son las reglas del juego. 

¿Pero así tienen que ser las reglas? ¿En serio? Perdónenme, pero esto no es la sobrevivencia del más apto; es una cosa más perversa, es el lado más oscuro del mercado. Y todos estamos en ello, unos hasta las rodillas, otros hasta el cuello; la esperanza es ser capaces de mantener los ojos abiertos antes de que la mierda nos los tape del todo. 


Por nostalgia quise ir a Height Street, el pináculo hippie de los setenta, y es el ejemplo perfecto de la montización del pasado. Mucha pared de colores sicodélicos con Jimi Hendrix y Bob Marley, mucha tienda mamona con empleados amabilísimos (porque nadie es más amable que los gringos, eso es un hecho), con grupitos desposeídos en una que otra esquina. La única hippie auténtica que vimos fue una una mujer mayor que tecleaba en una vieja máquina de escribir con hojas arrancadas de cuaderno, sentada en el suelo con una pipa transparente en el regazo. Era una vagabunda "pintoresca", no tan perdida, y me puse a hablar con ella. Se llama Angel y según esto acababa de comenzar a escribir la novela de su juventud en Height, antes de volverse veterana de guerra. (Otro temazo en Estados Unidos, de donde también surgen muchos problemas de adicción y miseria). 


San Francisco, Portland y Vancouver se han convertido en ciudades concentradoras de homeless porque supuestamente los tratan mejor que en otros estados. Hay comedores, apoyos sociales, viejos hoteles adaptados para que vivan. Nuestro amigo Juan Luis nos contaba que en Canadá hay incluso civiles que incumplen la ley "oficialmente" para proveer a los adictos con jeringas y condiciones más salubres para su consumo. Al menos de algo sirve la culpa del conquistador, que también se refleja en la enorme atención y respeto que les profesan los canadienses a las First Nations que sus tatarabuelos se cargaron. (A lo mejor soy injusta diciendo esto y sólo es calidad humana la que los mueve, pero lo cierto es que un poco de culpa por herencia conquistadora tampoco nos cae mal a nadie). 


No sé lo que otros padres les expliquen a sus hijos cuando ven a estos despojos humanos en las calles. En cuanto a las adicciones, les aseguro que nadie se vuelve adicto por gusto. Y nadie se queda sin nada por gusto, tampoco. Nadie llega a ese nivel de miseria porque es "huevón". Esa gente está sufriendo, tenga buenas razones para ello o no. "Está horrible la cosa", nos previno mucha gente antes de ir. Y sí, lo está. Pero lo horrible no son los homeless, sino el síntoma que encarnan y nos están poniendo en la cara. El síntoma de un mundo que entre más polarizado se vuelve, más abismal en lo económico y más elitista, más despojos humanos va a producir. Y los limpios y bañados los vamos a tener que soportar, ver y oler. Y bancarnos que estén, of all places, precisamente en los centros financieros de las ciudades. Porque sólo si se ve horrible y huele a madres, tendremos que notarlo. 

No es un tema de dinero. Con el dinero ya ni qué hacerle. Es un tema de codicia. 

Vivimos muy preocupados por la ecología y no nos está cayendo el veinte de que las personas somos las primeras afectadas en esta locura colectiva en la que estamos metidos. Comiendo basura, respirando basura, quedándonos sin trabajo y en bancarrota a la primera distracción, por una mala jugada. No estamos tan lejos de estas personas como creemos. Porque de esto nadie se salva. De entrada, ya todos nos estamos tragando el equivalente a una tarjeta de crédito en mini partículas de plástico por los pescados que nos tragamos. Hasta los ricos. Todo gracias al mismo sistema que polariza la abundancia y que empuja al consumo indiscriminado. El mismo que está poniendo las susodichas "reglas del juego". No se trata de ir corriendo a guardar nuestro dinero a la caja fuerte ni de comprar un arma. Se trata de tendernos la mano, y no nada más los dólares. 


En el sur siento que la cosa está todavía un poco más pareja. Hay una élite asquerosa pero también prevalece una clase media masiva, uno puede sobrevivir haciendo diferentes chambas, no tienes que ser un genio tech para tener un techo. Para mí esa es la cara más relevante de la inclusión. No que siendo hombre te puedas poner minifalda ni que puedas autodenominarte de un género neutro. Inclusión es que uno pueda trabajar en lo que pueda de acuerdo a sus capacidades y acceder a una vida digna y al agua limpia con ello, y eso se va a poner cada vez más difícil si seguimos asumiendo que "así son las reglas". Al rato nos van a decir que las reglas son que le entregues a tu hijo a la inteligencia artificial para que te lo eduque, porque tú eres un mamífero pendejo. No es cierto que quien tiene los recursos, siempre tiene las mejores ideas. 


Esto no es de sálvese quien pueda. Esto tiene que ser juntos, o no va a ser. 


Hace rato mi niño estaba organizando sus antiecológicos legos. Funcionan los que vienen con las instrucciones del paquete y que tienen la función de armar algo predeterminado. Los que no, quedan fuera, con el resto. Como los homeless. Sólo alguien creativo puede tomar esas piezas sueltas y hacer algo nuevo, diferente y hasta más interesante. Oremos de rodillas para que esa preciosa inventiva humana, que sería lo único que podría cambiar estas estúpidas reglas, no se venda toda al mejor postor.

La seca






Aquí les va otra historia Tepostiza. 

Nos cambiamos de casa. En el mismo barrio. Es un barrio muy padre porque está cerca de las montañas, pero no llega el agua. Hay otras zonas de Tepoztlán donde hay suministros y pozos. En mi barrio hay cisternas. Cisternas grandes que se llenan en la temporada de lluvias, y que rinden para unos meses. Septiembre... octubre... si te va bien, llegas a enero. 

Luego te secas. 


La circulación de pipas en Tepoztlán crece en escala proporcional al calor, y a la mutación de la naturaleza de verde a marrón. Abril y mayo son lo peor, porque además comienzan los incendios. No hay un año que nos libremos.


Cuando ocupamos la nueva casa, ya no quedaba casi agua en la cisterna, así que rápidamente pedimos una pipa. En Tepoztlán los piperos son más cotizados que los boletos de Taylor Swift. Hay que perseguirlos, convencerlos, hablarles bonito, y no pelearte con ninguno, aunque se aparezca de madrugada. En secas, pueden tardar varios días en atender tu llamado desesperado. Las pipas son pesadas, ruidosas, hacen tráfico en las calles estrechas, sueltan diesel. Son odiosas, pues, pero dependemos de ellas. Así como la civilización depende de la industria. Así de triste. 


La cosa es que por fin nos traen el agua, 10 mil benditos litros para poder beber, cocinar, regar las plantitas, jalarle a los baños, bañarse uno mismo, lavar la ropa, lavar los trastes. Según la OMS, el consumo promedio de agua de una persona es de 100 litros al día, 6 cubetas grandes. O sea que tenía que rendir. Pero algo pasó, y se nos acabó el agua en 5 días. ¿Una fuga? Probablemente. No de la cisterna, felizmente, ya lo comprobamos.Ahora tendremos que jugar al detective y mientras, cerrar el automático de la bomba y controlar el tinaco (terminología plomeresca rimbombante que uno aprende cuando se hace grande). 


Es muy feo estar sin agua. Muy angustiante. Una sabe que hasta en la tienda más remota perdida en la colina más agreste del planeta llega la CocaCola, y por lo tanto, muy probablemente, venderán agua. Es lo ¿bueno? de estar en el capitalismo. Pero la angustia que se siente es como de vida o muerte. Primaria, salvaje. Y es que sin agua, sí es cierto que uno se muere. 

La incomodidad es gacha. Enjuagar los platos con una jicarita, cargar cubetas para jalarle a los baños, dudar si no es demasiado ponerse un café, lavarse los dientes con un vasito y aguantar el calorón sin bañarse, viendo en qué lugar se puede volver a estar en la privilegiada y bienamada situación de sentir el agüita desde arriba, cayendo sobre los hombros. 

(Bendita agüita, nunca nos faltes). 


En Tepoztlán hay ríos. Algunos se han secado porque en algunos barrios residenciales pusieron tubos para desviar el cauce a las casas. Otros, quién sabe. El verano pasado no corrió el río de acá atrás. Ni un solo día. Está lloviendo menos, está cambiando el clima. No quiero ser catastrófica. Sí quiero ser catastrófica. Esto está cabrón. 


Hermanes míes, yo os lo aseguro: No hay nada, ningún lujo sobre la faz de la Tierra, que se equipare con abrir una llave y recibir el agua fresca entre las manos. De verdad, ninguno. Cada vez que abramos una, hay que murmurar un canto de alabanza. 


La dicha se mide por contraste, y lo único bueno de pasar por situaciones como ésta, es que uno aprecia las cosas y aprende, a la mala, a cuidarlas. 

Uno se acostumbra a poner cubetas debajo de las regaderas. 

A regar las plantas con el agua con la que enjuaga las verduras. 

A no regar el pasto para que se vea bonito. 

A ver un poco de pipí acumulada en el excusado.

A cerrarle mientras se enjabona. 

Y a otras medidas creativas que todos vamos a tener que empezar a entrenar si las cosas siguen por donde van. 

Hace años entubaron todos los ríos de la Ciudad de México porque a cada rato se desbordaban. Estamos en otro punto del espectro ahorita. Las cosas cambian y van a seguir cambiando. Esto, no. Esta necesidad nunca desaparecerá. A lo mejor cuando no haya cuerpos y sólo haya máquinas. Y no sé ustedes, pero yo me alegro de que ya no estaré circulando por esos días. 

Hay que cerrarle. Hay que abrirle a conciencia y con alegría. Y ya está. 


Que tengan ustedes muy buena tarde. 

Muerte en la puerta de casa

 


Vivir en Tepoztlán es raro. Es un pueblo que cada vez se llena más (en parte por culpa de migrantes citadinos como nosotros) y la zona en la que vivimos hubiera hecho llorar a los mapaches de Miyazaki. Está a unos quince minutos del centro en coche y todavía es campo, no llega el agua del municipio y cuando se vacían las cisternas después de las lluvias, comienzan a circular pipas. También circulan muchos camiones con materiales y máquinas de construcción. Algunos caminos, como la calle principal de nuestro barrio, no están pavimentados y son estrechos, y circular por ellos, dándose paso entre vehículos, puede ser una monserga. En lluvias, además, se hacen unos charcos que ni les cuento. 

Otro componente de la escena son las familias de vacas, becerros y caballos que viven en granjas de por aquí, que circulan libremente por las calles y que forman un espectáculo ambivalente entre lo bucólico y lo civilizado en ciernes, que los afecta tanto a ellos como a los humanos que circulamos junto con ellos. He tenido que pasar sigilosamente junto a un toro enorme en mi camino a la tienda, una vez vi a una vaca persiguiendo a su becerro entre la maleza a una velocidad que jamás hubiera imaginado que tenía una res, y Fidel, que cuida nuestro jardín, me contó que una vez un caballo asustado lo hizo caer de su moto. 

Ayer, en la puerta de nuestra casa, un becerrito rezagado se estaba ahogando con algo, probablemente un pedazo de plástico o basura humana que se tragó. Mi cuñado Pablo se lo encontró e intentó hacer algo por él. Escribió en el chat de la comunidad y llamó al veterinario Miguel, conocido por todos porque tiene un halo místico y una lectura de los animales increíble. Supo que Gatumba estaba bien cuando la veíamos fatal, y supo que de Pulgas había que despedirse sin intervenirla ni invadirla, y dejarla morir tranquila. 

Pero Miguel no estaba. Pablo abrió el portón y metió al becerro en lo que conseguía ayuda. Pero el becerrito se murió. Fue todo rápido y muy desconcertante. Cuando llegué de la calle lo encontré tendido entre los árboles, con sus enormes ojos abiertos. Preocupaba qué hacer con él, había que deshacerse del cuerpo antes de que descompusiera. ¿Enterrarlo? ¿Echarle cal? Pero Pablo y Andrea son eficientes y después de hacer varias llamadas, empezando por protección civil, llegó rauda y veloz una pickup del municipio de Tepoztlán, y en un parapadeo se habían llevado al becerrito. Esteban alcanzó a verlo. Sé que le impactó pero también es cierto que después de tres años viviendo en el campo está más o menos acostumbrado al ciclo constante de muertes y nacimientos. 


Todo parecía en calma... hasta que recordamos la manada. Cinco minutos después de que aquella camioneta del municipio se llevara al becerrito, comenzamos a escuchar los mugidos desesperados de sus padres, que venían bajando por la calle, buscándolo. Una mala suerte del carajo. Tuve la idea loca de salir y avisarles lo que había pasado, y así lo hicimos. (Esteban con mucha incredulidad racional). Quedó claro que las reses no entienden a los "whisperers" humanos wanna-bes, por bienintencionados que sean, porque se siguieron de largo llamándolo y todavía hoy los escuché mugiendo, un mugido constante y lastimoso, por aquí cerca. Lo único que se me ocurrió fue agarrar un poco de tierra del lugar donde estuvo tendido el becerro y dejárselos cerca, a ver si por el olor pueden deducir lo que pasó. No tengo idea. Sé tanto de los mecanismos de la comprensión de las reses como de física cuántica. Lo que sí me quedó muy claro es que estaban desesperados.


Yo no soy vegetariana. Si algo me entusiasma cuando voy a la ciudad de México es ir a una taquería de madrugada a comer suadero y pastor. Pero sé que lo de ayer cambió algo en mí. Hace tiempo que no comemos carne de res en casa porque es pesada y porque sabemos que la crianza desmesurada de vacas en el mundo es una de las cosas que más contribuye a hacerle ese agujero a la capa de ozono. Pero al cerdito le entramos con ganas y la verdad... ¿es tan necesario? Los seres humanos somos depredadores, está en nuestra naturaleza. Somos cazadores mucho antes de haber sido agricultores. Pero eso: ¿necesitamos tanto? ¿Tan seguido? 


A las frutas y las verduras no les duele cuando las cortas, no tienen sistema nervioso. A los cereales, tampoco. Pero a los animales que paren a sus hijos y les dan de mamar, les duele perderlos. No es sólo que sufran al morir, porque eso puede hacerse rápida y limpiamente (aunque yo jamás tendría las agallas de matar un animal con mis propias manos). No sé si las gallinitas (benditas gallinitas, no seríamos nada sin ustedes) y a los peces y los mariscos les pase lo mismo. Lo único que sé es que ahora me la voy a pensar dos o tres veces antes de encajarle el diente a un animal más grande, que siente así. 


Yo siento mucho si este texto les incomodó o le dejó un regusto pinchón a su sábado. Pero no podía dejar que esta experiencia se diluyera en el tiempo sin transmitirla. 


Gracias por leer.

Diez de mayo


Mi mamá me llevó a Madrid y a Guanajuato

al circo 

y a tres conciertos de Timbiriche.

Me llevó al Show de La Chilindrina

a ver "La Novicia Rebelde" en El Palacio Chino 

al Sanborn's de los Azulejos

al Hotel de México 

y a los baños de lodo en Ixtapan de la Sal

Me llevó al Lido de París

a Morelia y a Janitzio

y a una escapada rara en coche que luego supe que fue huida.

A mi primer día en el kinder, prensada de sus piernas.

Me llevó a una cantidad importante de fiestas y presentaciones en esa camioneta Gremlin que crepitaba y encendía sin llave,

también me llevó a empeñar sus joyas para poder comprar el Topaz

y al taller cuando se descomponía.

Me llevó a la costurera para hacerme disfraces y uniformes

a misa los domingos y a los pollos rostizados de después.

Al restaurante La Madrileña, que nos encantaba

y a Colombres la primera vez.

A ver a los tíos a Cancún 

a comer strudel en Viena

a muchos doctores

a graduarme muchos lentes y plantillas

y a operarme de los pies.

Me llevó al primer Videocentro de la colonia

y me mandó muchos veranos a Louisiana

a campamentos, clases de órgano y de ballet

y unas cuantas veces a la desesperación.

Fuimos a visitar a la tía Pili y a la tía Meche y a la tía Covadonga y a la tía Ilse

a comprar focos al centro y a Conasupo cuando había poco dinero

pantalones a Suburbia

vestidos bonitos cuando pudo

y una computadora que dejé olvidada en una banca por estar enamorada (qué bueno que ya no se enteró)

Me llevó a comprar un perrito que cupiera en mi bolsillo, como el que salía en la tele

y me llevó en su panza unos meses

y al aeropuerto cuando volé hacia mi libertad.

Yo también la llevé a muchos lados, cuando supe manejar. 

Y todavía la llevo. En el coche, en el metro, y donde sea que se mueva el centro del amor. 

La huida trunca








Crónica de unos tepostizos collones y el gato tepozteco que los salvó


Esteban, mi chamaco de ocho años, recién comenzó a entrenar fútbol en las canchas municipales de Tepoztlán. El otro día, mientras lo veía correr tras el balón, también veía la montaña imponente que hay detrás, en llamas. Los papás y mamás locales no parecían demasiado preocupados desde las gradas, aunque una me recomendó llamar insistentemente a la CONAFOR para que mandaran los helicópteros pronto. Llamé como ocho veces seguidas, aunque me repetían que el asunto estaba siendo atendido. Y es que el año pasado tardaron mucho en mandar los helicópteros y el incendio se extendió el tramo equivalente a media autopista Cuernavaca-México. Fue el peor incendio de Tepoztlán en treinta años, y eso ya es mucho decir para un lugar donde hay fuego en los cerros cada temporada de secas. Por el ineludible calentamiento de la Tierra y siempre por algún error humano: un vato que apaga mal su fogata, una morra haciendo malabares con fuego par un TikTok, una quema para la cosecha mal controlada. Y cada año salen al quite los brigadistas, que son unos tepoztecos chingones, correosos, fenomenales, que suben a la montaña con palas, picos y machetes y se ponen a abrir zanjas para evitar que el fuego se expanda. El año pasado, ni los brigadistas ni los helicópteros tardíos pudieron parar el desastre. Fue Tlaloc, o Quetzalcóatl, o ambos en contubernio, quienes mandaron una lluvia providencial en plena primavera, cuando no suele caer una gota en este pueblo. 

Pero para cuando cayó aquella lluvia bendita, nosotros ya estábamos lejos de aquí. Huimos, escapamos como unos cobardes. Nos fuimos a la casa de mi hermana Dunia, que siempre le ha dado cobijo a esta nada sagrada familia en los momentos de peor crisis. (Y en los más felices también, todo sea dicho). Este año también intentamos escapar del incendio, pero la huida salió mal. 


Todo por culpa de un gato. 


El tema es el humo. El fuego, afortunadamente para los humanos antropocéntricos preocupados por nuestros bienes materiales, está lejos y sería difícil que llegara hasta las faldas de los cerros, donde comienzan las casas. Los que sufren son los árboles, los animales sin aparente conciencia de sí. Pero el humo el año pasado se metía por puertas y ventanas con todo y las toallas húmedas que colocamos en todos sus bordes. Irritaba los ojos, hacía toser. Y cuando se tiene un niño chiquito y el miedo está a la orden del día (el año pasado por estas fechas todavía no estábamos todos vacunados contra el Covid), la reacción no admite escalas de grises. 


Teníamos otro problema: nuestra Gatumba no estaba bien. La habíamos encontrado flacucha y débil regresando de las vacaciones de semana santa. Así que decidimos llevárnosla. Sacamos al niño de la cama, abordamos el coche, y yo, por si acaso, empaqué también la carpeta de Snoopy donde guardo los documentos importantes, por si acaso. 

Entonces llovió y el fuego se aplacó. Llegaron las vacunas, apenas a tiempo para sortear la oleada Covidengue que a última hora atacó a casi toda la comunidad del Jardín Mágico, la escuelita presencial que habíamos formado aquel año de puras clases en línea, y cuyo proyecto nos trajo a Tepoztlán. Llegaron las lluvias del verano, todo reverdeció, y quiero pensar que la naturaleza de los cerros se recuperó un poco, aunque tardará muchos años en hacerlo del todo. El polvo se convirtió en lodo, y los chillidos ensordecedores de las cigarras mutaron en los piquetes de los tlazahuates en las ingles. Embadurnados de repelente, nos orillamos para dejar pasar varias procesiones de caballos, vacas y religiosos en las calles, y luego dejó de llover otra vez, y entonces nos orillamos para dejar pasar a las pipas con su olor a diesel, que anuncian el inminente retorno de las secas, porque las cisternas se han vaciado. Cantaron los grillos y las aves. Pasó la Navidad. Florecieron las jacarandas. Y así llegamos al principio de este relato: al momento del entrenamiento de fútbol en las canchas municipales, cuando el humo y el fuego anunciaron el retorno de la estupidez humana: un par de tipos que en plena veda, se metieron de madrugada al bosque. (Cuentan los medios que aparentemente estaban intoxicados y dijeron haber provocado el incendio a propósito, aunque el sensacionalismo periodístico nunca es cosa fiable). 


Yo tengo una imaginación muy potente. No lo digo vanagloriándome. Ha sido motivo de torturas auto infligidas de proporciones que no podría nombrar. Es tal la claridad con la que visualizo escenas trágicas, que siento que de tan bien que me las imagino, puedo hacer que se hagan realidad. Para mitigar el miedo irracional tengo mis antídotos, como distraerme a cualquier precio; repetirme que, como decía mi madre, hay que ocuparse en lugar de pre-ocuparse. Y sobre todo, tratar de confiar. Y confiar, cuando uno es agnóstico, es confiar en la estadística y en la probabilidad. En que la mayoría de las veces las cosas salen bien. En que los tráilers no suelen embestir en sentido contrario, en que los aviones suelen estar bien calibrados, en que el niño sabrá caer en sus dos pies. 


¿Pero cómo confiar siempre, cuando nos movemos en un mundo hostil, entre una humanidad frecuentemente pendeja y hacia un futuro incierto? Entonces el mejor recurso para darle la vuelta a las jugarretas de mi mente termina siendo pensar en el peor de los escenarios posible. Esto, en lugar de paralizarme, incluso llega a tener el efecto contrario, porque pensar en la muerte siempre hace que cualquier otra opción sea buena, y entonces me atrabanco hacia la acción. 


Esta vez el fuego estaba lejos y el humo comenzaba a sentirse, no tan fuerte como el año pasado. Pero ya había trauma. Y para las 9:30 de la noche de aquel martes, yo no estaba dispuesta a jugármela. Había guardado la carpeta de Snoopy, el disco duro externo, un par de mudas y un diario de cada década, anticipando el peor de los escenarios donde todo, incluido mi legado, podía quedar reducido a cenizas. Esta vez alisté dos transportadoras: una para cada gato. El niño estaba de nuevo en pijama, preparado para dormirse en el coche. Sólo estábamos esperando a que Andrés terminara con sus sesiones telefónicas para lanzarnos de nuevo a la Ciudad de México. La ciudad de la que, paradójicamente, habíamos salido ocho meses atrás con la idea de respirar mejor. 


Además de pensamientos catastróficos, yo siempre he tenido fantasías de huida. Desde la infancia. Hacía mi maletita roja y anunciaba que me iba. Una vez sí lo hice: escapé a casa de mis primos, que vivían a dos calles. Me encontraron rápido. En cuanto por fin pude largarme, hasta los 24 años de edad, no he dejado de mudarme. Siempre me ando yendo, siempre hacia alguna parte. Los amorosos no encuentran, buscan, dijo el poeta. Se avergüenzan de toda conformación. Siempre el paso siguiente, el otro, el otro. He pensado que como me salvé de ser una "amorosa" (y eso sólo porque un enamorado tuvo el valor de agarrarme por las greñas y no dejarme ir), entonces tuve que depositar mi eterno deseo incumplido en otra parte. Esa parte es la residencia. Ahí es donde sigo buscando mi lámpara de inagotable aceite. Aunque cada vez me resigno más a que no la encontraré. Y está bien. ¿Quién quiere un solo paraíso si puede conocer muchos? Sería más barato leer más, pero bueno. 


Creo que no es fortuito que Andrés y yo nos hayamos conocido en un lugar llamado La Valisse. 


Esta vez, trató de convencerme de quedarnos. Quizás en la casa de su mamá, que está una calle abajo, se sintiera menos el humo (mi suegra ya no vive y su casa suele estar rentada, pero entonces, por suerte, estaba desocupada). Por respuesta, yo le señalaba los cerros ardiendo desde el balcón, y lo hacía dudar. ¿Qué tal si esto se pone igual que el año pasado? Él también había pasado miedo entonces, y no alcanzaba a reunir la convicción para disuadirme. Como siempre que no sabemos bien qué hacer, lo consultamos con Esteban, que es mucho más sabio que nosotros. Y Esteban decretó: 

-Yo hago lo que ustedes decidan. 

Entonces Andrés dijo: 

-Ok, nos vamos, pero los gatos se quedan. 

Y yo, un poquito loca ya, me colapsé en un peldaño de la escalera y me puse a llorar. (Luego Esteban me contó que él hizo lo mismo en su cuarto). 


Antes de continuar, tengo que hablar de los gatos. Una es la ya mencionada Gatumba, que el año pasado estuvo bien llevarnos durante el incendio porque resultó tener una bronca renal, la atendió mi prima Rocío en le D.F. y se recuperó bien, pero se quedó flacuchona. Dio el viejazo, pues. Este año cumplió diez años de edad, y hace tres y medio se nos perdió durante unas vacaciones a Perú. La recuperamos milagrosamente gracias a un letrero de entre docenas que pegamos por todo el Pedregal y alrededores. Nos ha seguido a través de cinco mudanzas, adaptándose cada vez más dócilmente a cada nueva residencia. Ahora que vivimos en otro pedregal volcánico, llegó a nuestras vidas un nuevo gatumbo. Su nombre es Wenceslao. Él es joven, guapo y fantástico. Un auténtico tepozteco, aquí nacido, no como nosotros, inmigrantes, "tepostizos", como aquí se nos conoce. Wences se nos auto-heredó al morir Teresa, mi suegra, y es el gato más absolutamente encimoso y ronroneador del estado de Morelos. Tiene un hambre de amor difícil de saciar. A veces nos despierta en la madrugada famélico de mimos y no maúlla: conversa. Andrés dice que si fuera humano sería como un ranchero seductor. Yo pienso que es un gatorromántico. 


Dejar a los gatos durante el fuego me resultaba impensable. Mis fantasías anticipatorias no admitían la posibilidad de dejarlos a su suerte en mi imaginada batalla perdida de los brigadistas y los helicópteros que nunca llegarían y el creciente viento que expandiría las llamas hasta morder nuestra hamaca y nuestros muebles. "Somos familia y no vamos a separarnos", me repetía. Así que me impuse. Y mi amante esposo cedió. 


Trepamos a cada gato en una transportadora y agarramos camino. De salida yo le sacaba fotos a las montañas encendidas para mandárselas a mi concuña Andrea, que valientemente se quedó sola con sus hijos en la casa vecina. Andrés y yo seguíamos discutiendo. 

-Quedémonos. No se va a poner igual que el año pasado- insistía. -¿Y si sí? 

Y Andrés guardaba silencio y aceleraba sin poder contradecirme, ¿qué tal que en efecto se ponía horrible? Entonces él tendría la culpa de nuestra desgracia. Mientras tanto, Wences enloquecía. Él nunca había salido de Tepoztlán. Gatumba, pese a su costumbre viajera, ya se había escapado de su transportadora (una medio chafa de tela que nos regalaron en un Petco y que nunca habíamos usado), y se había agazapado en la cajuela, entre las maletas. Wences pegaba de gritos, rascaba la caja, saltaba dentro de ella. Esteban trataba de calmarlo: 

-Tranquilo, chiquitín, tranquilo... 


Y mientras su papá y yo discutíamos, yo no dejaba de ver el celular, muerta de culpa, por si el miedo no bastara. Y es que los chats de las comunidades tepoztecas se desbordaban: Se necesitan más picos y palas. Se necesitan naranjas, garrafones, hombres, manos. Y si yo no llevara dos décadas en análisis, seguramente le hubiera insistido a Andrés de que fuera a poner el cuerpo en el monte o lo hubiera hecho yo misma. Pero felizmente ahí la llevo con mi castración, jaja, y mucho me ha costado aprender a no fustigarme y aceptar que uno hace lo que puede. Ni más ni menos. Y lo único que podía hacer en ese momento era intentar salvar lo más preciado. 


Pero lo más preciado se resistía a ser salvado. El gato Wences, nada romántico en ese momento, arañaba y luchaba como si reaccionara mentando madres a toda nuestra ambivalencia y nuestras dudas. 

-Regresemos, esto no tiene caso -repetía Andrés. 

-No. 

Así estuvimos los quince minutos que tardamos de salir de Tepoztlán a la carretera. Cuando estábamos a un minuto de la caseta, un hedor insoportable invadió el coche y nos obligó a parar. 

Wences se había cagado. 


Yo estaba dispuesta a echarnos los cincuenta minutos de camino con sus maullidos y su frenesí, pero este olor era demasiado. Nos detuvimos. Un segundo después, nos cagamos todos de risa. Dimos media vuelta y regresamos a Tepoztlán. 

Lavamos al gato y la transportadora, dejamos a los felinos en casa y los humanos nos guarecimos en la casa de Tis, como Andrés sugería desde el principio. Nos metimos a la cama. Yo seguí imaginando escenarios catastróficos hasta que el sueño me venció. Al día siguiente nos despertaron los helicópteros de la Guardia Nacional. Esa misma tarde, el fuego había sido controlado. (A cuenta de muchas horas y metros cúbicos de agua que pudo servir para calmar la sed y el consumo cotidiano de muchos seres vivos... y quizá también regar el jardín de algún tarado que se empeña en tener su pastito verde todo el año). 

Mitigamos nuestras culpas donando a los brigadistas y haciendo lo de siempre: tirar poca basura y sacar a las arañas feas y los alacranes en lugar de matarlos. Es decir, haciendo lo que podemos. 


Dicen que para prevenir más incendios van a cerrar el parque nacional del Tepozteco al público durante los próximos cinco años. Sería una verdadera pena, caminar por las montañas es lo mejor de este lugar. Y además, ya sabemos lo que pasa tan pronto se prohibe algo: es como prender una mecha donde no la hay. 


En fin. 

Esa noche, además de popó, Wences hizo lo que parecía imposible: nos regresó a la realidad. Nos centró. Nos devolvió a lo único cierto, a lo inminente, a lo importante. No a lo imaginado ni a lo especulado: a lo ACTUAL. Porque cuando el pasado es terrorífico y el futuro es inasible, cuando si cabe la idea de un Dios probablemente tiene que ver con el propio fuego y no aplica tratos preferenciales, sí hay algo en lo que se puede confiar. Lo único. Algo que no es mucho, pero tampoco es poco: el presente. No hay que confiar en que todo va a estar bien. Eso no se sabe y no hay manera de saberlo. Pero sí se puede confiar en lo que es. 


Porque como reza la frase proverbial que está pegada en el refri de nuestros queridos Santas:


Everything will be alright at the end. If it's not alright, it's not the end.