Me cuesta mucho trabajo escribir sobre esto, pero siento que no hacerlo sería una gigantesca omisión. El mes pasado mi esposo, nuestro hijito y yo hicimos un viaje al norte, bien al norte. Poder hacerlo supone un privilegio incuestionable, más allá de si trabajamos mucho o no, o si para hacerlo decidimos darle una buena mordida a nuestra seguridad para el futuro como trabajadores independientes, sin domino pleno de las nuevas tecnologías.
Viajar no tiene ningún caso si uno no va con los ojos abiertos. Durante diecinueve días vimos familia y amigos, costas y paisajes esplendorosos, ciudades vibrantes, y también vimos un escenario espeluznante, de seres humanos yéndose, literalmente, al carajo. En nuestro avance entre Tijuana y Canadá, paramos al menos tres ciudades neurálgicas donde se ha concentrado buena parte de un problemón que se ha ido gestando por mucho tiempo ya en norteamérica: los llamados homeless. Es decir, los sin hogar. El concepto en sí mismo es desolador.
En la historia de la humanidad siempre ha existido la pobreza, el loco de la plaza, el vagabundo al que se le huye. Crecí en la ciudad de México y la miseria no me espanta, pero esto se cuece aparte. Como dijera alguna vez mi cuñado Alfredo, la pobreza del primer mundo es una pobreza solitaria. En México, bien que mal, limpias dos o tres parabrisas y consigues para un taco; la pobreza es un asunto que se lleva en grupo, en familia, en comunidad. En Estados Unidos y Canadá, ver a la gente en la calle, sola, aventada, unos engarrotados por el fentanilo, otros gritando incoherencias mientras cargan con sus pocas pertenencias, otros con la jeringa en los portales, es un espectáculo que me hubiera gustado que mi hijo no viera. Pero lo vio. Me hubiera gustado que sólo viera lagos, ríos y museos y un pony con un falso cuerno de unicornio, pero vio esto. Y tuvimos que explicárselo. Y en parte me alegra que tuviéramos que hacerlo.
Estuve en San Francisco por primera vez hace quince años en un viaje inolvidable. Los sentidos me explotaban con la belleza natural que es parte de la vida cotidiana en la bahía. Todavía entonces se respiraba el pulso progresista y de mente abierta que gestó el movimento hippie y el movimiento gay, daba gusto y esperanza que en Estados Unidos existiera un bastión así. Ahora que fui, mi sensación es que eso se ha quedado solamente en una pose, en un pasado revolucionario que ya no lo es, pero que se sigue capitalizando. Y no hablo de que la marihuana ya sea legal y la vendan en tiendas, muy bien calibradita y bien cara, para alegría de los aficionados mayores de edad. Hoy, en San Francisco, o eres un genio tecnológico que gana para para pagar los precios exhorbitantes de la vivienda y de todo lo demás, o no tienes lugar. Literal. Te tienes que ir a los suburbios, o a los ghettos, o de plano a la calle. Verlo fue para mí casi tan confrontante como ir a Cuba y tener que acomodar el comunismo en el sistema. Ha dejado de ser una ciudad inclusiva para convertirse en lo contrario: una ciudad exclusiva.
Hay un documental de 2015 que se llama San Francisco 2.0 y explica muy bien la gestación de este fenómeno que comenzó en Silicon Valley. Es un problema que se está extendiendo en el mundo con la gentrificación. El mismo fenómeno que está ocurriendo en Europa, con los ancianos desalojados de sus rentas congeladas después de 40 años, porque ahora se les puede sacar mucho más dinero a las viviendas con plataformas como Airbnb. A menor escala, pero esto ya ha afectado amigos y conocidos en la Ciudad de México y en Tepoztlán. Son las consecuencias del capitalismo más duro y más rapaz, ante el cual muchos agachan la cabeza, se encogen de hombros y dicen ni modo, así son las reglas del juego.
¿Pero así tienen que ser las reglas? ¿En serio? Perdónenme, pero esto no es la sobrevivencia del más apto; es una cosa más perversa, es el lado más oscuro del mercado. Y todos estamos en ello, unos hasta las rodillas, otros hasta el cuello; la esperanza es ser capaces de mantener los ojos abiertos antes de que la mierda nos los tape del todo.
Por nostalgia quise ir a Height Street, el pináculo hippie de los setenta, y es el ejemplo perfecto de la montización del pasado. Mucha pared de colores sicodélicos con Jimi Hendrix y Bob Marley, mucha tienda mamona con empleados amabilísimos (porque nadie es más amable que los gringos, eso es un hecho), con grupitos desposeídos en una que otra esquina. La única hippie auténtica que vimos fue una una mujer mayor que tecleaba en una vieja máquina de escribir con hojas arrancadas de cuaderno, sentada en el suelo con una pipa transparente en el regazo. Era una vagabunda "pintoresca", no tan perdida, y me puse a hablar con ella. Se llama Angel y según esto acababa de comenzar a escribir la novela de su juventud en Height, antes de volverse veterana de guerra. (Otro temazo en Estados Unidos, de donde también surgen muchos problemas de adicción y miseria).
San Francisco, Portland y Vancouver se han convertido en ciudades concentradoras de homeless porque supuestamente los tratan mejor que en otros estados. Hay comedores, apoyos sociales, viejos hoteles adaptados para que vivan. Nuestro amigo Juan Luis nos contaba que en Canadá hay incluso civiles que incumplen la ley "oficialmente" para proveer a los adictos con jeringas y condiciones más salubres para su consumo. Al menos de algo sirve la culpa del conquistador, que también se refleja en la enorme atención y respeto que les profesan los canadienses a las First Nations que sus tatarabuelos se cargaron. (A lo mejor soy injusta diciendo esto y sólo es calidad humana la que los mueve, pero lo cierto es que un poco de culpa por herencia conquistadora tampoco nos cae mal a nadie).
No sé lo que otros padres les expliquen a sus hijos cuando ven a estos despojos humanos en las calles. En cuanto a las adicciones, les aseguro que nadie se vuelve adicto por gusto. Y nadie se queda sin nada por gusto, tampoco. Nadie llega a ese nivel de miseria porque es "huevón". Esa gente está sufriendo, tenga buenas razones para ello o no. "Está horrible la cosa", nos previno mucha gente antes de ir. Y sí, lo está. Pero lo horrible no son los homeless, sino el síntoma que encarnan y nos están poniendo en la cara. El síntoma de un mundo que entre más polarizado se vuelve, más abismal en lo económico y más elitista, más despojos humanos va a producir. Y los limpios y bañados los vamos a tener que soportar, ver y oler. Y bancarnos que estén, of all places, precisamente en los centros financieros de las ciudades. Porque sólo si se ve horrible y huele a madres, tendremos que notarlo.
No es un tema de dinero. Con el dinero ya ni qué hacerle. Es un tema de codicia.
Vivimos muy preocupados por la ecología y no nos está cayendo el veinte de que las personas somos las primeras afectadas en esta locura colectiva en la que estamos metidos. Comiendo basura, respirando basura, quedándonos sin trabajo y en bancarrota a la primera distracción, por una mala jugada. No estamos tan lejos de estas personas como creemos. Porque de esto nadie se salva. De entrada, ya todos nos estamos tragando el equivalente a una tarjeta de crédito en mini partículas de plástico por los pescados que nos tragamos. Hasta los ricos. Todo gracias al mismo sistema que polariza la abundancia y que empuja al consumo indiscriminado. El mismo que está poniendo las susodichas "reglas del juego". No se trata de ir corriendo a guardar nuestro dinero a la caja fuerte ni de comprar un arma. Se trata de tendernos la mano, y no nada más los dólares.
En el sur siento que la cosa está todavía un poco más pareja. Hay una élite asquerosa pero también prevalece una clase media masiva, uno puede sobrevivir haciendo diferentes chambas, no tienes que ser un genio tech para tener un techo. Para mí esa es la cara más relevante de la inclusión. No que siendo hombre te puedas poner minifalda ni que puedas autodenominarte de un género neutro. Inclusión es que uno pueda trabajar en lo que pueda de acuerdo a sus capacidades y acceder a una vida digna y al agua limpia con ello, y eso se va a poner cada vez más difícil si seguimos asumiendo que "así son las reglas". Al rato nos van a decir que las reglas son que le entregues a tu hijo a la inteligencia artificial para que te lo eduque, porque tú eres un mamífero pendejo. No es cierto que quien tiene los recursos, siempre tiene las mejores ideas.
Esto no es de sálvese quien pueda. Esto tiene que ser juntos, o no va a ser.
Hace rato mi niño estaba organizando sus antiecológicos legos. Funcionan los que vienen con las instrucciones del paquete y que tienen la función de armar algo predeterminado. Los que no, quedan fuera, con el resto. Como los homeless. Sólo alguien creativo puede tomar esas piezas sueltas y hacer algo nuevo, diferente y hasta más interesante. Oremos de rodillas para que esa preciosa inventiva humana, que sería lo único que podría cambiar estas estúpidas reglas, no se venda toda al mejor postor.

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