“This is precisely the time when artists go to work. There is no time for despair, no place for self-pity, no need for silence, no room for fear. We speak, we write, we do language. That is how civilizations heal.”
-Toni Morrison

viernes, 2 de mayo de 2025

Muerte en la puerta de casa

 


Vivir en Tepoztlán es raro. Es un pueblo que cada vez se llena más (en parte por culpa de migrantes citadinos como nosotros) y la zona en la que vivimos hubiera hecho llorar a los mapaches de Miyazaki. Está a unos quince minutos del centro en coche y todavía es campo, no llega el agua del municipio y cuando se vacían las cisternas después de las lluvias, comienzan a circular pipas. También circulan muchos camiones con materiales y máquinas de construcción. Algunos caminos, como la calle principal de nuestro barrio, no están pavimentados y son estrechos, y circular por ellos, dándose paso entre vehículos, puede ser una monserga. En lluvias, además, se hacen unos charcos que ni les cuento. 

Otro componente de la escena son las familias de vacas, becerros y caballos que viven en granjas de por aquí, que circulan libremente por las calles y que forman un espectáculo ambivalente entre lo bucólico y lo civilizado en ciernes, que los afecta tanto a ellos como a los humanos que circulamos junto con ellos. He tenido que pasar sigilosamente junto a un toro enorme en mi camino a la tienda, una vez vi a una vaca persiguiendo a su becerro entre la maleza a una velocidad que jamás hubiera imaginado que tenía una res, y Fidel, que cuida nuestro jardín, me contó que una vez un caballo asustado lo hizo caer de su moto. 

Ayer, en la puerta de nuestra casa, un becerrito rezagado se estaba ahogando con algo, probablemente un pedazo de plástico o basura humana que se tragó. Mi cuñado Pablo se lo encontró e intentó hacer algo por él. Escribió en el chat de la comunidad y llamó al veterinario Miguel, conocido por todos porque tiene un halo místico y una lectura de los animales increíble. Supo que Gatumba estaba bien cuando la veíamos fatal, y supo que de Pulgas había que despedirse sin intervenirla ni invadirla, y dejarla morir tranquila. 

Pero Miguel no estaba. Pablo abrió el portón y metió al becerro en lo que conseguía ayuda. Pero el becerrito se murió. Fue todo rápido y muy desconcertante. Cuando llegué de la calle lo encontré tendido entre los árboles, con sus enormes ojos abiertos. Preocupaba qué hacer con él, había que deshacerse del cuerpo antes de que descompusiera. ¿Enterrarlo? ¿Echarle cal? Pero Pablo y Andrea son eficientes y después de hacer varias llamadas, empezando por protección civil, llegó rauda y veloz una pickup del municipio de Tepoztlán, y en un parapadeo se habían llevado al becerrito. Esteban alcanzó a verlo. Sé que le impactó pero también es cierto que después de tres años viviendo en el campo está más o menos acostumbrado al ciclo constante de muertes y nacimientos. 


Todo parecía en calma... hasta que recordamos la manada. Cinco minutos después de que aquella camioneta del municipio se llevara al becerrito, comenzamos a escuchar los mugidos desesperados de sus padres, que venían bajando por la calle, buscándolo. Una mala suerte del carajo. Tuve la idea loca de salir y avisarles lo que había pasado, y así lo hicimos. (Esteban con mucha incredulidad racional). Quedó claro que las reses no entienden a los "whisperers" humanos wanna-bes, por bienintencionados que sean, porque se siguieron de largo llamándolo y todavía hoy los escuché mugiendo, un mugido constante y lastimoso, por aquí cerca. Lo único que se me ocurrió fue agarrar un poco de tierra del lugar donde estuvo tendido el becerro y dejárselos cerca, a ver si por el olor pueden deducir lo que pasó. No tengo idea. Sé tanto de los mecanismos de la comprensión de las reses como de física cuántica. Lo que sí me quedó muy claro es que estaban desesperados.


Yo no soy vegetariana. Si algo me entusiasma cuando voy a la ciudad de México es ir a una taquería de madrugada a comer suadero y pastor. Pero sé que lo de ayer cambió algo en mí. Hace tiempo que no comemos carne de res en casa porque es pesada y porque sabemos que la crianza desmesurada de vacas en el mundo es una de las cosas que más contribuye a hacerle ese agujero a la capa de ozono. Pero al cerdito le entramos con ganas y la verdad... ¿es tan necesario? Los seres humanos somos depredadores, está en nuestra naturaleza. Somos cazadores mucho antes de haber sido agricultores. Pero eso: ¿necesitamos tanto? ¿Tan seguido? 


A las frutas y las verduras no les duele cuando las cortas, no tienen sistema nervioso. A los cereales, tampoco. Pero a los animales que paren a sus hijos y les dan de mamar, les duele perderlos. No es sólo que sufran al morir, porque eso puede hacerse rápida y limpiamente (aunque yo jamás tendría las agallas de matar un animal con mis propias manos). No sé si las gallinitas (benditas gallinitas, no seríamos nada sin ustedes) y a los peces y los mariscos les pase lo mismo. Lo único que sé es que ahora me la voy a pensar dos o tres veces antes de encajarle el diente a un animal más grande, que siente así. 


Yo siento mucho si este texto les incomodó o le dejó un regusto pinchón a su sábado. Pero no podía dejar que esta experiencia se diluyera en el tiempo sin transmitirla. 


Gracias por leer.

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