“This is precisely the time when artists go to work. There is no time for despair, no place for self-pity, no need for silence, no room for fear. We speak, we write, we do language. That is how civilizations heal.”
-Toni Morrison

viernes, 2 de mayo de 2025

La seca






Aquí les va otra historia Tepostiza. 

Nos cambiamos de casa. En el mismo barrio. Es un barrio muy padre porque está cerca de las montañas, pero no llega el agua. Hay otras zonas de Tepoztlán donde hay suministros y pozos. En mi barrio hay cisternas. Cisternas grandes que se llenan en la temporada de lluvias, y que rinden para unos meses. Septiembre... octubre... si te va bien, llegas a enero. 

Luego te secas. 


La circulación de pipas en Tepoztlán crece en escala proporcional al calor, y a la mutación de la naturaleza de verde a marrón. Abril y mayo son lo peor, porque además comienzan los incendios. No hay un año que nos libremos.


Cuando ocupamos la nueva casa, ya no quedaba casi agua en la cisterna, así que rápidamente pedimos una pipa. En Tepoztlán los piperos son más cotizados que los boletos de Taylor Swift. Hay que perseguirlos, convencerlos, hablarles bonito, y no pelearte con ninguno, aunque se aparezca de madrugada. En secas, pueden tardar varios días en atender tu llamado desesperado. Las pipas son pesadas, ruidosas, hacen tráfico en las calles estrechas, sueltan diesel. Son odiosas, pues, pero dependemos de ellas. Así como la civilización depende de la industria. Así de triste. 


La cosa es que por fin nos traen el agua, 10 mil benditos litros para poder beber, cocinar, regar las plantitas, jalarle a los baños, bañarse uno mismo, lavar la ropa, lavar los trastes. Según la OMS, el consumo promedio de agua de una persona es de 100 litros al día, 6 cubetas grandes. O sea que tenía que rendir. Pero algo pasó, y se nos acabó el agua en 5 días. ¿Una fuga? Probablemente. No de la cisterna, felizmente, ya lo comprobamos.Ahora tendremos que jugar al detective y mientras, cerrar el automático de la bomba y controlar el tinaco (terminología plomeresca rimbombante que uno aprende cuando se hace grande). 


Es muy feo estar sin agua. Muy angustiante. Una sabe que hasta en la tienda más remota perdida en la colina más agreste del planeta llega la CocaCola, y por lo tanto, muy probablemente, venderán agua. Es lo ¿bueno? de estar en el capitalismo. Pero la angustia que se siente es como de vida o muerte. Primaria, salvaje. Y es que sin agua, sí es cierto que uno se muere. 

La incomodidad es gacha. Enjuagar los platos con una jicarita, cargar cubetas para jalarle a los baños, dudar si no es demasiado ponerse un café, lavarse los dientes con un vasito y aguantar el calorón sin bañarse, viendo en qué lugar se puede volver a estar en la privilegiada y bienamada situación de sentir el agüita desde arriba, cayendo sobre los hombros. 

(Bendita agüita, nunca nos faltes). 


En Tepoztlán hay ríos. Algunos se han secado porque en algunos barrios residenciales pusieron tubos para desviar el cauce a las casas. Otros, quién sabe. El verano pasado no corrió el río de acá atrás. Ni un solo día. Está lloviendo menos, está cambiando el clima. No quiero ser catastrófica. Sí quiero ser catastrófica. Esto está cabrón. 


Hermanes míes, yo os lo aseguro: No hay nada, ningún lujo sobre la faz de la Tierra, que se equipare con abrir una llave y recibir el agua fresca entre las manos. De verdad, ninguno. Cada vez que abramos una, hay que murmurar un canto de alabanza. 


La dicha se mide por contraste, y lo único bueno de pasar por situaciones como ésta, es que uno aprecia las cosas y aprende, a la mala, a cuidarlas. 

Uno se acostumbra a poner cubetas debajo de las regaderas. 

A regar las plantas con el agua con la que enjuaga las verduras. 

A no regar el pasto para que se vea bonito. 

A ver un poco de pipí acumulada en el excusado.

A cerrarle mientras se enjabona. 

Y a otras medidas creativas que todos vamos a tener que empezar a entrenar si las cosas siguen por donde van. 

Hace años entubaron todos los ríos de la Ciudad de México porque a cada rato se desbordaban. Estamos en otro punto del espectro ahorita. Las cosas cambian y van a seguir cambiando. Esto, no. Esta necesidad nunca desaparecerá. A lo mejor cuando no haya cuerpos y sólo haya máquinas. Y no sé ustedes, pero yo me alegro de que ya no estaré circulando por esos días. 

Hay que cerrarle. Hay que abrirle a conciencia y con alegría. Y ya está. 


Que tengan ustedes muy buena tarde. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario