Otra vez hay fuego en Tepoztlán. Está duro. Hace unas horas que dejé de revisar los chats donde todo el tiempo se actualiza la situación y se pide a la gente del pueblo que traiga sueros, machetes, palas, gotas para los ojos, tortas, crema para quemaduras, electrolitos para la gente que está trepada en el cerro, peleándose con el fuego.
También hay helicópteros, llegaron ayer. Estuvieron hace dos semanas, se fueron y tuvieron que volver porque se incendió en otro lado. En otros dos... en otros tres. Se instalan en la cancha de fútbol y sacan agua de una tina gigante que se llena con pipas. Agua que sirve para regar, para cocinar, para beber.
El viento no ha ayudado nada esta vez. Las últimas tres noches ha sido una verdadera mentada de madre. De una potencia y una furia que hasta desconciertan, parece como la ira de los dioses. Te encierras y toda la noche los escuchas hablar a gritos afuera. Aporrean las puertas y las ventanas, ululan, gruñen y rechiflan. Pero eso no es lo peor. No es sólo que el viento tire una lámina por aquí o lance una rama vieja por allá. Lo peor es saber que cada vez que sopla y ruge, empuja el fuego. Y aunque no llegue a tu casa, duele saber todo lo que va muriendo a su paso. Los animales, los árboles y su oxígeno.
Cuando se te mete el humo a la casa, con todo y las toallas mojadas, te quieres poner a llorar. Y a veces hasta te escapas del pueblo, cuando no puedes más.
Hay gente que no se escapa. A mi amiga Tania casi le llega a su casa, hace dos noches no durmieron apagando las llamas que tocaban su barda; otra lo hicieron por turnos con los vecinos, vigilando.
Todos en el pueblo hablamos de lo mismo. En el taller, con el de la tienda, con los amigos, en la comida de final de trimestre en la escuela, tratando de pasarlo bien mientras ves la columna de humo a lo lejos y se te vuelve a cerrar la garganta. Decimos: hace más calor, todo está más seco. Barajamos teorías. ¿Serán las quemas para preparar la tierra para la siembra? ¿Será gente que quema los terrenos para poder venderlos? ¿Será negligencia, será avaricia? Queremos culpables. Queremos saber el origen para exterminarlo. Rememoramos incendios provocados de otros años, o accidentes estúpidos que también han pasado.
Pero lo de ahora es raro. Es mucho, es muy seguido. El de Tepoztlán no es el único incendio ahorita. Hay en Cuernavaca, hubo en el Ajusco, hay otros tres en el país. Los Ángeles se quemó, todo se quema. Australia, California, el Amazonas. No es como siempre, es diferente. ¿Qué está pasando? ¿Es ESO lo que está pasando? ¿Ya?
Lo bueno de Tepoztlán es hay gente que no se detiene a especular, y actúa. De inmediato. Está acosumbrada a eso, sabe hacerlo. Se suben a la montaña en un segundo y se ponen a hacer brechas para desviar las llamas. Los helicópteros luego tardan en llegar (parece que la burocracia es engorrosa), y si no fuera por los brigadistas y los voluntarios, posiblemente el fuego hubiera llegado a las casas, varias veces ya.
Y es raro el fuego. También te pone clara, pilas, atento. Te obliga a reaccionar.
Fuimos a llevar cosas al centro de acopio Esteban y yo. Andrés ya fue dos veces. Yo nunca había ido personalmente a la zona del desastre. Pasamos por una calle muy estrecha entre patrullas, camionetas del ejército y una ambulancia. Había movida. La señora de la camioneta (o sea yo), puso las intermitentes enfrente de la ayudantía de Santo Domingo Ocotitlán y se puso a bajar las naranjas y los plátanos, los sándwiches y las aguas de diez litros con jugo de limón, miel y sal de grano (anoten el tip para la cruda: son electrolitos buenos y así no hay que comprar botellas de Electrolit y esas marcas que sólo hacen basura). Se acercó un señor a ayudarme. Era un brigadista. Un tipo de más de sesenta, fuerte, correoso. Llevaba su uniforme color caqui y tenía la piel como tostada al carbón de haber estado lidiando con el fuego; el pelo blanco, los ojos muy brillantes, y una templanza y una serenidad y un algo que me encendió una chispa rara (qué metáfora tan desafortunada).
-A ver, ayuda a la señora -le dijo a otro, con una voz de mando muy dulce.
Agradeció las viandas. Yo me sentí una estúpida. Cuando agarramos carretera de vuelta a nuestro barrio (ahumado pero sin llamas), me solté a llorar. Seguramente por la tensión acumulada pero creo que más bien fue porque nunca había estado tan cerca de un héroe.
Estamos hablando mucho del clima, como nunca antes. Que si llovió, que si no llovió, que si hace más calor, que si se secó el lago, que si se inundó la ciudad. El clima nos está obligando a hablar de él, a poner atención. Está bien. Hablemos y hablemos, por favor. Los que no podamos subir al infierno con picos y palas, hagamos sándwiches de atún y hablemos. Y fabriquemos electrolitos caseros en lugar de favorecer la industria del plástico y lo que sea que se vaya al cielo y rompa la atmósfera, y temblemos de miedo. Pero tratemos de dormir, porque mañana va a estar más cabrón, y porque en este mundo todavía hay gente capaz de pasar la noche en la montaña, velando por nosotros, defendiendo lo que ama.

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