Crónica de unos tepostizos collones y el gato tepozteco que los salvó
Esteban, mi chamaco de ocho años, recién comenzó a entrenar fútbol en las canchas municipales de Tepoztlán. El otro día, mientras lo veía correr tras el balón, también veía la montaña imponente que hay detrás, en llamas. Los papás y mamás locales no parecían demasiado preocupados desde las gradas, aunque una me recomendó llamar insistentemente a la CONAFOR para que mandaran los helicópteros pronto. Llamé como ocho veces seguidas, aunque me repetían que el asunto estaba siendo atendido. Y es que el año pasado tardaron mucho en mandar los helicópteros y el incendio se extendió el tramo equivalente a media autopista Cuernavaca-México. Fue el peor incendio de Tepoztlán en treinta años, y eso ya es mucho decir para un lugar donde hay fuego en los cerros cada temporada de secas. Por el ineludible calentamiento de la Tierra y siempre por algún error humano: un vato que apaga mal su fogata, una morra haciendo malabares con fuego par un TikTok, una quema para la cosecha mal controlada. Y cada año salen al quite los brigadistas, que son unos tepoztecos chingones, correosos, fenomenales, que suben a la montaña con palas, picos y machetes y se ponen a abrir zanjas para evitar que el fuego se expanda. El año pasado, ni los brigadistas ni los helicópteros tardíos pudieron parar el desastre. Fue Tlaloc, o Quetzalcóatl, o ambos en contubernio, quienes mandaron una lluvia providencial en plena primavera, cuando no suele caer una gota en este pueblo.
Pero para cuando cayó aquella lluvia bendita, nosotros ya estábamos lejos de aquí. Huimos, escapamos como unos cobardes. Nos fuimos a la casa de mi hermana Dunia, que siempre le ha dado cobijo a esta nada sagrada familia en los momentos de peor crisis. (Y en los más felices también, todo sea dicho). Este año también intentamos escapar del incendio, pero la huida salió mal.
Todo por culpa de un gato.
El tema es el humo. El fuego, afortunadamente para los humanos antropocéntricos preocupados por nuestros bienes materiales, está lejos y sería difícil que llegara hasta las faldas de los cerros, donde comienzan las casas. Los que sufren son los árboles, los animales sin aparente conciencia de sí. Pero el humo el año pasado se metía por puertas y ventanas con todo y las toallas húmedas que colocamos en todos sus bordes. Irritaba los ojos, hacía toser. Y cuando se tiene un niño chiquito y el miedo está a la orden del día (el año pasado por estas fechas todavía no estábamos todos vacunados contra el Covid), la reacción no admite escalas de grises.
Teníamos otro problema: nuestra Gatumba no estaba bien. La habíamos encontrado flacucha y débil regresando de las vacaciones de semana santa. Así que decidimos llevárnosla. Sacamos al niño de la cama, abordamos el coche, y yo, por si acaso, empaqué también la carpeta de Snoopy donde guardo los documentos importantes, por si acaso.
Entonces llovió y el fuego se aplacó. Llegaron las vacunas, apenas a tiempo para sortear la oleada Covidengue que a última hora atacó a casi toda la comunidad del Jardín Mágico, la escuelita presencial que habíamos formado aquel año de puras clases en línea, y cuyo proyecto nos trajo a Tepoztlán. Llegaron las lluvias del verano, todo reverdeció, y quiero pensar que la naturaleza de los cerros se recuperó un poco, aunque tardará muchos años en hacerlo del todo. El polvo se convirtió en lodo, y los chillidos ensordecedores de las cigarras mutaron en los piquetes de los tlazahuates en las ingles. Embadurnados de repelente, nos orillamos para dejar pasar varias procesiones de caballos, vacas y religiosos en las calles, y luego dejó de llover otra vez, y entonces nos orillamos para dejar pasar a las pipas con su olor a diesel, que anuncian el inminente retorno de las secas, porque las cisternas se han vaciado. Cantaron los grillos y las aves. Pasó la Navidad. Florecieron las jacarandas. Y así llegamos al principio de este relato: al momento del entrenamiento de fútbol en las canchas municipales, cuando el humo y el fuego anunciaron el retorno de la estupidez humana: un par de tipos que en plena veda, se metieron de madrugada al bosque. (Cuentan los medios que aparentemente estaban intoxicados y dijeron haber provocado el incendio a propósito, aunque el sensacionalismo periodístico nunca es cosa fiable).
Yo tengo una imaginación muy potente. No lo digo vanagloriándome. Ha sido motivo de torturas auto infligidas de proporciones que no podría nombrar. Es tal la claridad con la que visualizo escenas trágicas, que siento que de tan bien que me las imagino, puedo hacer que se hagan realidad. Para mitigar el miedo irracional tengo mis antídotos, como distraerme a cualquier precio; repetirme que, como decía mi madre, hay que ocuparse en lugar de pre-ocuparse. Y sobre todo, tratar de confiar. Y confiar, cuando uno es agnóstico, es confiar en la estadística y en la probabilidad. En que la mayoría de las veces las cosas salen bien. En que los tráilers no suelen embestir en sentido contrario, en que los aviones suelen estar bien calibrados, en que el niño sabrá caer en sus dos pies.
¿Pero cómo confiar siempre, cuando nos movemos en un mundo hostil, entre una humanidad frecuentemente pendeja y hacia un futuro incierto? Entonces el mejor recurso para darle la vuelta a las jugarretas de mi mente termina siendo pensar en el peor de los escenarios posible. Esto, en lugar de paralizarme, incluso llega a tener el efecto contrario, porque pensar en la muerte siempre hace que cualquier otra opción sea buena, y entonces me atrabanco hacia la acción.
Esta vez el fuego estaba lejos y el humo comenzaba a sentirse, no tan fuerte como el año pasado. Pero ya había trauma. Y para las 9:30 de la noche de aquel martes, yo no estaba dispuesta a jugármela. Había guardado la carpeta de Snoopy, el disco duro externo, un par de mudas y un diario de cada década, anticipando el peor de los escenarios donde todo, incluido mi legado, podía quedar reducido a cenizas. Esta vez alisté dos transportadoras: una para cada gato. El niño estaba de nuevo en pijama, preparado para dormirse en el coche. Sólo estábamos esperando a que Andrés terminara con sus sesiones telefónicas para lanzarnos de nuevo a la Ciudad de México. La ciudad de la que, paradójicamente, habíamos salido ocho meses atrás con la idea de respirar mejor.
Además de pensamientos catastróficos, yo siempre he tenido fantasías de huida. Desde la infancia. Hacía mi maletita roja y anunciaba que me iba. Una vez sí lo hice: escapé a casa de mis primos, que vivían a dos calles. Me encontraron rápido. En cuanto por fin pude largarme, hasta los 24 años de edad, no he dejado de mudarme. Siempre me ando yendo, siempre hacia alguna parte. Los amorosos no encuentran, buscan, dijo el poeta. Se avergüenzan de toda conformación. Siempre el paso siguiente, el otro, el otro. He pensado que como me salvé de ser una "amorosa" (y eso sólo porque un enamorado tuvo el valor de agarrarme por las greñas y no dejarme ir), entonces tuve que depositar mi eterno deseo incumplido en otra parte. Esa parte es la residencia. Ahí es donde sigo buscando mi lámpara de inagotable aceite. Aunque cada vez me resigno más a que no la encontraré. Y está bien. ¿Quién quiere un solo paraíso si puede conocer muchos? Sería más barato leer más, pero bueno.
Creo que no es fortuito que Andrés y yo nos hayamos conocido en un lugar llamado La Valisse.
Esta vez, trató de convencerme de quedarnos. Quizás en la casa de su mamá, que está una calle abajo, se sintiera menos el humo (mi suegra ya no vive y su casa suele estar rentada, pero entonces, por suerte, estaba desocupada). Por respuesta, yo le señalaba los cerros ardiendo desde el balcón, y lo hacía dudar. ¿Qué tal si esto se pone igual que el año pasado? Él también había pasado miedo entonces, y no alcanzaba a reunir la convicción para disuadirme. Como siempre que no sabemos bien qué hacer, lo consultamos con Esteban, que es mucho más sabio que nosotros. Y Esteban decretó:
-Yo hago lo que ustedes decidan.
Entonces Andrés dijo:
-Ok, nos vamos, pero los gatos se quedan.
Y yo, un poquito loca ya, me colapsé en un peldaño de la escalera y me puse a llorar. (Luego Esteban me contó que él hizo lo mismo en su cuarto).
Antes de continuar, tengo que hablar de los gatos. Una es la ya mencionada Gatumba, que el año pasado estuvo bien llevarnos durante el incendio porque resultó tener una bronca renal, la atendió mi prima Rocío en le D.F. y se recuperó bien, pero se quedó flacuchona. Dio el viejazo, pues. Este año cumplió diez años de edad, y hace tres y medio se nos perdió durante unas vacaciones a Perú. La recuperamos milagrosamente gracias a un letrero de entre docenas que pegamos por todo el Pedregal y alrededores. Nos ha seguido a través de cinco mudanzas, adaptándose cada vez más dócilmente a cada nueva residencia. Ahora que vivimos en otro pedregal volcánico, llegó a nuestras vidas un nuevo gatumbo. Su nombre es Wenceslao. Él es joven, guapo y fantástico. Un auténtico tepozteco, aquí nacido, no como nosotros, inmigrantes, "tepostizos", como aquí se nos conoce. Wences se nos auto-heredó al morir Teresa, mi suegra, y es el gato más absolutamente encimoso y ronroneador del estado de Morelos. Tiene un hambre de amor difícil de saciar. A veces nos despierta en la madrugada famélico de mimos y no maúlla: conversa. Andrés dice que si fuera humano sería como un ranchero seductor. Yo pienso que es un gatorromántico.
Dejar a los gatos durante el fuego me resultaba impensable. Mis fantasías anticipatorias no admitían la posibilidad de dejarlos a su suerte en mi imaginada batalla perdida de los brigadistas y los helicópteros que nunca llegarían y el creciente viento que expandiría las llamas hasta morder nuestra hamaca y nuestros muebles. "Somos familia y no vamos a separarnos", me repetía. Así que me impuse. Y mi amante esposo cedió.
Trepamos a cada gato en una transportadora y agarramos camino. De salida yo le sacaba fotos a las montañas encendidas para mandárselas a mi concuña Andrea, que valientemente se quedó sola con sus hijos en la casa vecina. Andrés y yo seguíamos discutiendo.
-Quedémonos. No se va a poner igual que el año pasado- insistía. -¿Y si sí?
Y Andrés guardaba silencio y aceleraba sin poder contradecirme, ¿qué tal que en efecto se ponía horrible? Entonces él tendría la culpa de nuestra desgracia. Mientras tanto, Wences enloquecía. Él nunca había salido de Tepoztlán. Gatumba, pese a su costumbre viajera, ya se había escapado de su transportadora (una medio chafa de tela que nos regalaron en un Petco y que nunca habíamos usado), y se había agazapado en la cajuela, entre las maletas. Wences pegaba de gritos, rascaba la caja, saltaba dentro de ella. Esteban trataba de calmarlo:
-Tranquilo, chiquitín, tranquilo...
Y mientras su papá y yo discutíamos, yo no dejaba de ver el celular, muerta de culpa, por si el miedo no bastara. Y es que los chats de las comunidades tepoztecas se desbordaban: Se necesitan más picos y palas. Se necesitan naranjas, garrafones, hombres, manos. Y si yo no llevara dos décadas en análisis, seguramente le hubiera insistido a Andrés de que fuera a poner el cuerpo en el monte o lo hubiera hecho yo misma. Pero felizmente ahí la llevo con mi castración, jaja, y mucho me ha costado aprender a no fustigarme y aceptar que uno hace lo que puede. Ni más ni menos. Y lo único que podía hacer en ese momento era intentar salvar lo más preciado.
Pero lo más preciado se resistía a ser salvado. El gato Wences, nada romántico en ese momento, arañaba y luchaba como si reaccionara mentando madres a toda nuestra ambivalencia y nuestras dudas.
-Regresemos, esto no tiene caso -repetía Andrés.
-No.
Así estuvimos los quince minutos que tardamos de salir de Tepoztlán a la carretera. Cuando estábamos a un minuto de la caseta, un hedor insoportable invadió el coche y nos obligó a parar.
Wences se había cagado.
Yo estaba dispuesta a echarnos los cincuenta minutos de camino con sus maullidos y su frenesí, pero este olor era demasiado. Nos detuvimos. Un segundo después, nos cagamos todos de risa. Dimos media vuelta y regresamos a Tepoztlán.
Lavamos al gato y la transportadora, dejamos a los felinos en casa y los humanos nos guarecimos en la casa de Tis, como Andrés sugería desde el principio. Nos metimos a la cama. Yo seguí imaginando escenarios catastróficos hasta que el sueño me venció. Al día siguiente nos despertaron los helicópteros de la Guardia Nacional. Esa misma tarde, el fuego había sido controlado. (A cuenta de muchas horas y metros cúbicos de agua que pudo servir para calmar la sed y el consumo cotidiano de muchos seres vivos... y quizá también regar el jardín de algún tarado que se empeña en tener su pastito verde todo el año).
Mitigamos nuestras culpas donando a los brigadistas y haciendo lo de siempre: tirar poca basura y sacar a las arañas feas y los alacranes en lugar de matarlos. Es decir, haciendo lo que podemos.
Dicen que para prevenir más incendios van a cerrar el parque nacional del Tepozteco al público durante los próximos cinco años. Sería una verdadera pena, caminar por las montañas es lo mejor de este lugar. Y además, ya sabemos lo que pasa tan pronto se prohibe algo: es como prender una mecha donde no la hay.
En fin.
Esa noche, además de popó, Wences hizo lo que parecía imposible: nos regresó a la realidad. Nos centró. Nos devolvió a lo único cierto, a lo inminente, a lo importante. No a lo imaginado ni a lo especulado: a lo ACTUAL. Porque cuando el pasado es terrorífico y el futuro es inasible, cuando si cabe la idea de un Dios probablemente tiene que ver con el propio fuego y no aplica tratos preferenciales, sí hay algo en lo que se puede confiar. Lo único. Algo que no es mucho, pero tampoco es poco: el presente. No hay que confiar en que todo va a estar bien. Eso no se sabe y no hay manera de saberlo. Pero sí se puede confiar en lo que es.
Porque como reza la frase proverbial que está pegada en el refri de nuestros queridos Santas:
Everything will be alright at the end. If it's not alright, it's not the end.

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